miércoles, 3 de julio de 2024

Hidrógeno verde, una revolución que cambia poco


La primera vez que escribí en Raíz y Rama fue en 2020 y lo hice sobre el coche eléctrico, entonces y ahora uno de los baluartes de la transición energética en la que estamos empeñadas y que trata de que con ciertos cambios sigamos haciendo lo mismo, pese a estar en una situación de emergencia climática y agotamiento de recursos. Se calificaba al coche eléctrico como una alternativa ecológica, verde, limpia y otra serie de calificativos que, a poco que se escarbara, resultaban en muchos casos medias verdades, cuando no mentiras.

domingo, 11 de febrero de 2024

"Cobalto rojo", un libro para no mirar hacia otro lado

Hace falta valor para tener una editorial y publicar un libro como Cobalto rojo, que es de esos que te cuentan cosas que no gusta saber, por lo que tampoco es que te lo vayan a quitar de las manos. Si además le añades un subtítulo como El Congo se desangra para que tú te conectes, sacas master en valentía porque, las pocas veces en que queremos ver estas realidades, les echamos la culpa de todo a multinacionales, gobiernos... pocas veces a la sociedad de la que formamos parte y que con su costumbre de consumir sin freno y sin hacer preguntas, es cómplice y beneficiaria de injusticias como las que narra el libro. Y eso no nos gusta que nos lo recuerden.

Su autor, Siddharth Kara, también le ha echado valor para investigar entre gente que no quiere que la verdad del negocio del cobalto se conozca y descender -literalmente- al inframundo donde personas se transmutan en seres casi sin rostro. Y lo ha hecho, además, transmitiéndonos las voces de los seres que, esclavizados por la pura necesidad de sobrevivir, viven la miseria de la minería artesanal del cobalto cada minuto de sus vidas.

El mundo entero se ha lanzado al Congo -República Democrática del Congo- decidido a no dejar un gramo de cobalto en sus riquísimas entrañas, a obtenerlo de la manera más barata posible, a costa de quien sea, y dejando a cambio en el país unas migajas y una destrucción de tierras, ecosistemas, ríos, lagos que vivirán durante décadas un pueblo que respira ácido sulfúrico, lleva cobalto y uranio en su sangre y ha ganado, en el mejor de los casos, un dólar al día.

Y lo que más incomoda es que al otro lado, enfrente de esas tierras ocres, con aspecto de haber sido bombardeadas por meteoritos, de hombres con ropas desgastadas, niños con la cara cubierta de polvo, mujeres con las manos destrozadas de lavar mineral, está nuestro mundo, los colores de las pantallas de ordenador que funcionan con cobalto, los modelos glamurosos de teléfonos móviles que funcionan con cobalto o los cada vez más mejorados diseños de coches eléctricos que funcionan con cobalto y con los que queremos enmendar los daños irreparables de nuestra sociedad de consumo. Enfrente, pero relacionados, como nos muestra Cobalto rojo, porque si lo primero no fuera como es exactamente, lo segundo sería patrimonio de unos pocos y tendríamos un mundo muy diferente.

Siddharth Kara ha tenido otra gran virtud en el desarrollo de este libro. Ha sabido incrustar la Historia del Congo, todas los otros minerales y recursos que han alimentado el desarrollo del mundo y mantenido al país en la miseria, todos los hechos históricos que hacen posible hoy ese saqueo internacional en el que unen fuerzas congoleños corruptos y extranjeros ávidos de riqueza, porque las cosas no pasan porque sí y siempre hay un origen que pudo ser distinto.

Pero bueno, ahí está el libro, ahí están quienes lo están leyendo, quienes se están enterando de lo que pasa... De algo valdrá, ¿no?, ¿o tendrá razón esa sabia congoleña que le dijo al autor?: 

Todos los días muere gente por el cobalto. Describir eso no cambiará nada.


Julián Gómez-Cambronero Alcolea

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domingo, 12 de noviembre de 2023

Lo que no quieras para ti

El Tribunal Superior de Galicia paraliza la explotación de la única mina de coltán de Europa en Viana do Bolo (Ourense) era un titular que nos encontrábamos hace menos de un mes, lo cual debería de llenar de alegría a toda las personas que se preocupan por el medio ambiente y un planeta saludable... pero, en el punto y momento al que hemos llegado la cosa es mucho más complicada.

La mina en cuestión es la única en el suelo de Europa, un continente que, como en general el mundo desarrollado y el que está desarrollándose, necesita un flujo continuo y creciente de minerales como el coltán y muchos otros. Sin entrar al detalle de los males que esa explotación minera ha provocado y provocaría en la comarca gallega en cuestión son, seguramente, parecidos o inferiores a los que provoca cualquier otra actividad minera en cualquier otra parte del mundo. En los últimos años la población de muchas regiones de España, como es completamente comprensible, se ha opuesto con uñas y dientes a actividades mineras o industriales que, aunque nos abastecerían de recursos y energía, podían causar gravísimos daños al lugar en el que vivimos y a nuestra propia salud (La Mancha es un buen ejemplo que conozco, con su oposición al cementerio nuclear, el fracking y la explotación de tierras raras, pero esto afecta cualquier lugar de España). Salvo casos aislados, nunca ha habido ninguna objeción efectiva a seguir consumiendo todo lo que podía salir de esas actividades mientras provengan de otros lugares que ni conocemos ni queremos conocer.

Sin ir más lejos, el denostado fracking que nadie quiere en su territorio lleva calentándonos más de un año tras la crisis de hidrocarburos por la guerra de Ucrania y la plena disposición de Estados Unidos a vender a la "pobre" Europa el gas de sus innumerables explotaciones de gas de esquisto. Pero nuestro día a día sigue siendo posible gracias a un sinfín de materias primas, que cada vez consumimos más, que provienen de países en los que su extracción garantiza a sus territorios y a las personas que lo habitan destrucción de hábitats y biodiversidad, contaminación de aire, suelo y agua y graves riesgos para la salud.

Lugares como el Congo van quedando huecos, con descomunales minas a cielo abierto que quedarán así -tras su deforestación- por los siglos de los siglos, mientras sus aguas correrán envenenadas y cientos de miles de sus habitantes guardarán en su organismo restos de cobalto, uranio u otros componentes que escondía la tierra y ahora consumimos en el Primer Mundo. En países así no hay tribunales que paralicen nada, ni estudios previos ni medidas sanitarias.

Los angloparlantes dicen el equivalente a "no en mi patio trasero", aquí podríamos utilizar el refrán "lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie" pero la realidad es la misma: no podemos permitir riesgos para nosotros y los nuestros, para nuestra tierra y nuestro futuro para obtener recursos que utilizamos corrientemente, muchas veces sin medida, y que son la base de una manera de vivir... pero no hacemos ningún esfuerzo porque esa manera de vivir cambie a otra en la que nadie tenga que sufrir ni por su bien ni, sobre todo, por el de otro.

Pero, como decía, estamos en un tiempo y en un lugar. Consumir lo que tienen o producen en África u Oriente ya no basta, o depender de ello nos pone en un brete que puede hacer colapsar nuestra sociedades -la guerra de Ucrania nos lo ha dejado meridianamente claro- o ponernos de rodillas. Dejar en su sitio nuestros recursos era hasta ahora un lujo que nos podíamos permitir pero pasó ese tiempo y ahora sólo quedan dos opciones, queramos o no, por muy dolorosas que éstas sean, por mucho que nos enfrenten a una terrible contradicción: o cambiamos la manera de hacer y vivir -un vuelco radical con muchísimas consecuencias, que nadie lo dude- o sacrificamos gran parte de nuestra naturaleza, medio ambiente, campiñas, bosques, ríos y mares y hasta parte de nuestra salud. Quien no quiera verlo así, esté en el lado que esté... lo acabará viendo muy pronto.

domingo, 30 de julio de 2023

Nos vamos enterando de lo que de verdad importa

En las recientes elecciones generales uno de los principales partidos se presentaba con el lema "Vota lo que importa". Lo que importa, lo que de verdad importa a la gente, lo que realmente es importante ha sido un argumento, más allá de ideologías o del mundo político, para centrarse en determinados temas generales, pretendiendo ignorar otros que de esa manera se menospreciaban por no ser tan importantes o, simplemente, carecer de importancia.

Lo importante era el sueldo que se ganaba, el coste de la vivienda, disponer de empleo, la seguridad, la salud... y todo ello se contraponía a lo que desde algunas disciplinas, organizaciones o personas se pretendía que pasara a estar en el centro del debate y de la acción de la sociedad. El patito feo de todo ello era cualquier cosa relacionada con la protección y defensa del medio ambiente y muy especialmente todo lo que oliera a ecologismo, destacando como distraedor especial de lo importante, el cambio climático.

Como digo, no era ya que la protección de un humedal, la deforestación o controlar la calidad del aire fueran temas secundarios, sino que iban contra lo importante: mantener un humedal -¿para qué era bueno eso?- restaba posibilidades de regadío a la agricultura, conservar una arboleda podía frenar un gran proyecto urbanístico -y sus correspondientes puestos de trabajo, aumento del PIB, etc. etc.- y controlar la calidad del aire, subiendo un poco el tono, podía ir hasta contra la libertad del individuo de desplazarse como quisiera.

Hubiera sido interesante confrontar con los defensores de ese lema, Vota lo importante, y preguntarles si la salud no es importante. La salud que mella la polución en las ciudades, la contaminación del agua que bebemos... Pero más allá, les podíamos haber preguntado si no es importante el empleo, el disponer de alimentos, el mantener abierto un negocio y una empresa y, me temo, ahí hubiéramos visto -en las caras de esos políticos, pero en la de muchos otros de otros partidos, en la de empresarios, sindicalistas, y muchísima gente normal- un gesto como si les estuviéramos tomando el pelo. Porque sí, se puede relacionar la salud humana y la del medio ambiente pero ¿lo demás?

Pero sí, vamos a ir entendiendo esa relación, pero rememorando el la letra con sangre entra, porque lo vamos entendiendo a base de nuestras desgracias, mientras hemos ignorado durante mucho tiempo la de otros. Empezamos a entender que hemos puesto patas arriba el clima y el calor es aplastante en abril, se pasan los meses sin llover, y luego llueve en junio, y nos quedamos sin melones y sandías, y la cosecha de cereales es desastrosa, y la vendimia se adelanta una barbaridad. Que los monzones se hayan retrasado un mes y la India, gran exportadora mundial de arroz no suelte un grano... lo mismo todavía no nos llega, aunque les llegará trágicamente a otros, pero se une a los síntomas de que se está poniendo en jaque nada más y nada menos que nuestra comida diaria.

La hostelería, que tanto celebraba el mal llamado buen tiempo, se queja de menos comidas servidas por el tremendo calor, las playas mediterráneas -con la temperatura de los mares enloquecidas- van perdiendo su atractivo refrescante y las altas temperaturas en países que nos enviaban turistas a millones les hace a ellos más interesantes sus propias playas. ¿Se me verá como un pajarraco negro si me atrevo a preguntar por cuánto tiempo falta para que el gran motor de la economía nacional, el turismo, empiece a calarse?

Pasado el susto de Ucrania, Putin... parecemos seguros en nuestro consumo energético -muy caro, eso sí- y no parece haber más restricción que la económica de cada cual pero, aunque pasan inadvertidas, se suceden noticias de graves carencias de energía en grandes países -Sudáfrica, Bangladesh, Pakistán- o crisis alimentarias que van mas allá de las tradicionales -la pobre gente del Cuerno de África que nos remueve a veces la conciencia pero no altera el mundo- pueden hacer explotar grandes países -como Nigeria y sus 242 millones de habitantes- amenazando con tambalear el mundo como lo conocemos.

Nos vamos enterando, a golpes, de lo importante que es un medio ambiente y una naturaleza equilibrado y sano para que comamos, bebamos, respiremos... ¿o eso es menos importante que poder cambiar de coche o móvil con frecuencia, irse de vacaciones al otro lado del mundo o hasta tomar una cerveza en una terraza? Nos cuesta y nos costará seguir entendiendo que cada paso contra la naturaleza será un paso contra nuestros medios de vida, tener una vivienda digna o mantener un negocio.

Todo lo que tardemos en entenderlo definitivamente, sin librarnos del proceso irreversible que iniciamos hace tiempo y alimentamos con este malentendido, será sufrimiento a nuestras espaldas, que nos hará llegar cansados a los tiempos que ya están y vendrán. Y, para qué negarlo, mal pinta que sigamos avanzando en nuestro entendimiento cuando a cada vez mas frecuentes y largas sequías se enfrenta el querer llevar al agotamiento nuestros recursos hídricos -Doñana, La Mancha- o se pierde el tiempo vendiendo tecnologías maravillosas sin profundizar en ellas o, ante más días de calor, oponemos talas de árboles.

No te quieres enterar, decía la canción, pero nos enteraremos. Esperemos no perder más tiempo del que hemos perdido y que nos ha llevado donde estamos, en esa confusión de qué era y no era importante.

domingo, 28 de mayo de 2023

El mundo del vino olvida que depende por completo de la naturaleza

Hace unas semanas se celebraba en Ciudad Real el mayor evento nacional sobre el vino, FENAVIN, Feria Nacional del Vino. Es obvio que, si toda producción y desarrollo económico está de una manera u otra ligada al medio ambiente, en el caso de un producto de la agricultura como el vino, cualquier problema que afecte a la naturaleza altera su cultivo, producción, comercialización y negocio. Esto debería ser más evidente aún en una situación como la actual de gravísima sequía, pero la Feria pareció transcurrir como si el vino del que se hablaba, con el que se negociaba o que se cataba no necesitara agua de manera imprescindible para existir.

Las noticias que podemos encontrar referidas a esta Feria hablan de récord de bodegas participantes, de 9.600 reuniones de negocio celebradas en muy pocos días, más de 66 millones de euros en ventas tras más de medio millón de contactos comerciales... La programación ofrecía, entre otros actos, un sinfín de interesantes conferencias y charlas:

Las actitudes de los consumidores de vino hacia la innovación y su implementación en las bodegas, La herramienta de apoyo a la exportación, Blockchain en la industria vitivinícola, ¿Qué interesa del vino español en los mercados internacionales?... 

Pero, ¿y sobre los graves problemas para abastecer a la agricultura y a la industria vitícola con agua, a los efectos cada vez más dañinos del calentamiento global sobre los viñedos, a la necesidad de modificar el modelo de producción para seguir celebrando más FENAVIN -desde las superficies de regadío o el traslado de viñedos a más altura, como en algunos casos se ha hecho-? Poco o nada. Encontramos una charla sobre Las huellas ambientales y los cambios en el comercio internacional del vino: retos y oportunidades que más parece ver la situación como una serie de trabas que hay que superar o a las que hay que adaptarse y que, incluso, pueden ser un "nicho de negocio":

"Hacen imprescindible que las bodegas tengan presente el vector ambiental y adecuen sus estrategias comerciales a este nuevo escenario, una disyuntiva que está llena de retos, pero que también genera nuevas oportunidades para ser competitivo en este complejo sector".

Además, que esta charla estuviera organizada por la gran patronal ASAJA, a la que le produce repelus lo que suena a ecologismo o lucha contra el cambio climático, acaba por decir el resto.

En las declaraciones de políticos ¿podríamos encontrar alguna sensibilidad respecto a la dependencia del sector de un medio ambiente "sano"? Leemos palabras del presidente de la Diputación Provincial sobre el sector y el evento, a ver qué tal:

"no queremos morir de éxito. Tenemos en Ciudad Real el impulso comercial más importante del mundo en torno al vino. Hemos dado un paso de gigante y nos hemos consolidado. Pero es imprescindible trabajar mucho para adaptarse a la realidad y estar cada vez en más países del mundo".

Pues no, aquí tampoco, todo se refiere a lo comercial y cuando se habla de adaptación no es al cambio climático, a la dura realidad hídrica... sino a los vaivenes de los mercados, la creciente competencia... Y esto dicho por una persona, José Manuel Caballero, que vive cada día la realidad de una provincia de acuíferos maltratados y una desertización que avanza desde el sur...

Para añadir más información, para quien lea esta entrada y, sobre todo, para todos los asistentes a esa feria y los políticos encantados con su éxito, viene perfecta la denuncia que, con motivo de FENAVIN, hacía Ecologistas en Acción y que ha "provocado" este artículo:

-en lo que va de siglo el viñedo de regadío ha multiplicado por más de 6 veces su superficie

-el viñedo en espaldera se ha más que duplicado en menos de diez años

-esta técnica va unida a un mayor consumo de agua, muchos riesgos para la fauna autóctona y mucha menor utilización de mano de obra -para quienes hablen de beneficios contra una España vaciada: vaciada de personas y de fauna...

-la huella hídrica puede suponer que para que bebamos una botella de vino de 3/4 de litros se han tenido que gastar 632 litros de agua

por citar algunos datos del artículo que hemos enlazado y recomendamos leer.

Y antes de la conclusión, una nota para quienes fían todo a un supuesto desarrollo económico y una mayor producción: pregunten a todas las bodegas que, por un  clima "benigno", han visto saturados de vino sus depósitos y han enfrentado vendimias teniendo casi que librarse de él para dejar hueco a una nueva sobreproducción. Por no hablar de la sistemática técnica de destilación del vino sobrante, o la "vendimia en verde", que destruye la posible producción vitícola, en ambos casos a costa del erario público, para mantener rentable un negocio donde se produce mucho más que se consume.

La conclusión es sencilla: con una ceguera sorprendente entre personas que viven en una tierra que conocen y que, sin duda, serán excelentes profesionales, se ignora la absoluta dependencia que la producción y comercialización de vino tiene respecto a un medio natural gravemente amenazado en un panorama que sólo puede ir a peor. No quieren ver, deslumbrados por cifras y beneficios temporales, ¿muriendo de éxito, quizás?, que todo su trabajo, sus canales de venta, sus inversiones, big data, y un largo etcétera -que incluye sus empleos y la vida digna en esta tierra- se puede ir completamente al garete con un poco más tiempo de esta sequía, los abrasadores calores o el enloquecido clima que hemos provocado y que si no hacen sostenible -en el término medioambiental de la palabra- sus negocios, el desastre está garantizado. Esto es, si se obcecan en no adaptar la producción vitícola a la realidad del terreno donde se asientan los viñedos -reducción de superficie de regadío, regadíos más eficientes, cultivos tradicionales, etc.- los días de FENAVIN -y todo lo que conlleva- están contados.


domingo, 14 de mayo de 2023

Ojos que no ven... siguen derrochando recursos

Hemos creado en nuestro mundo desarrollado una realidad paralela en la que sólo existe lo que, de una manera u otra, nos afecta directamente. Guerra sólo hay una -aunque en Etiopía, Yemen, Congo mueran decenas o cientos de miles de personas-, hambre, la justa para sentirnos solidarios, emigración, sólo cuando saltan nuestras vallas, crisis climática -por llamarla suavemente- tras alguna tormenta, inundación o tórridos calores... pero sólo mientras estas veleidades climáticas nos fastidian. Así pues, a quienes nos lo recuerdan, les hacemos un mohín de hartazgo, incomodidad o, simplemente, lo mandamos a paseo -por decirlo suavemente- porque no puede ser verdad lo que dicen cuando cada vez que abrimos el grifo sale agua o, pese a lo mucho que nos asustaron, seguimos pudiendo sudar en invierno o pasar frío en verano.

Aunque nos hacía gracia, nuestra sociedad se parece mucho a aquel señor que, ante las noticias de grandes picos de contaminación en Madrid decía "¿dónde está la contaminación, dónde, que yo no la veo?". Y ahí seguimos, porque empresas, instituciones y hasta ecologistas nos hablan de energías limpias, hemos razonado que si un coche -como es eléctrico- no expulsa nada por el tubo de escape, lo de la polución o el agotamiento energético está solucionado y, como no dejan de ofrecernos paneles solares, estamos seguros de que se podrán construir hasta el infinito para seguir consumiendo igual. ¿Se nos puede acusar de no querer ver la realidad? Claro que la vemos, y las tecnologías y los que las manejan tapan la boca a tanto negro pájaro de mal agüero.

Hasta que nos topamos con alguna noticia -si queremos leerla, o leerla entera, o prestarle atención y no olvidarla a los pocos minutos- que nos descuadra nuestros planteamientos. ¿Cómo pensar que todas estas cosas de la informática, la internet, los aparatitos maravillosos que nos hacen la vida mas fácil, con los que ahorramos papel, desplazamientos y no sé cuántas cosas más consume barbaridades de energía? Total por un click aquí, un mensajito allí... Pero lo que nunca esperaríamos es que, además, todo ello consuma millones ¡millones! de litros de agua, esa que, parece que va en serio, se puede acabar...

META -sí, esto de facebook, donde tenemos tantos amigos y colgamos vídeos y nos echamos unas risas- va a montar un "hipercentro" en una zona donde el agua escasea y va a consumir millones de litro de agua -potable, por cierto, de la de beber, que si no, te mueres-. En principio la noticia es una maravilla para la zona, porque creará empleo -lo que no sabemos es cuánto ha destruido antes la venta electrónica o el trabajo automatizado- así que en nuestra realidad paralela, donde cualquier líquido prescindible vale muchísimo más que el agua, la noticia seguirá siendo buena mientras miremos a otra parte... y no se acabe el agua.

domingo, 19 de marzo de 2023

El dinero, la principal (o la única) razón

Resulta difícil ahora mismo, sea en una ciudad, pueblo, polígono industrial o hasta edificios públicos, no ver múltiples tejados cubiertos total o parcialmente por paneles solares, aprovechando así la energía descomunal y gratuita que recibimos continuamente del Sol. Era esto, la necesidad de desarrollar masivamente energías alternativas, menos sucias, para frenar las desastrosas emisiones de CO2 y reducir el consumo de combustibles que se están agotando, una reclamación de ecologistas, científicos y demás gente con raciocinio que se venía haciendo desde hacía décadas. Así que podemos deducir que, por fin, se ha hecho la luz en los cerebros de nuestra sociedad y hemos cogido un camino que será bueno para el común de la gente y el planeta.

Pues no.

Esa "luz" se ha hecho presionados por una descontrolada subida de precios de la electricidad, el gas, etc. etc. por un cúmulo de causas y que ha hecho un agujero en las economías domésticas, empresariales e institucionales. No se ha pretendido, en la mayoría de los casos, frenar el cambio climático, el agotamiento de recursos, la mortífera contaminación, el deterioro desbocado de la naturaleza... Sólo se ha buscado ahorrar dinero con lo que no es arriesgado afirmar que en el improbable caso de que descendieran los precios de la energía hasta no hacer rentable las instalaciones fotovoltaicas se frenaría la proliferación de paneles en nuestros tejados, seguramente hasta pararse en seco.

Conclusión, y no suele ser el caso que, tras dos párrafos se obtenga una conclusión, pero aquí está claro, sólo tomaremos medidas para defender el medio ambiente, la naturaleza y el planeta si existe un beneficio económico. Cien razones para hacerlo no valdrán tanto como una sola económica.

Este blog se creó para desarrollar y actualizar los temas que trataba en mi libro Todo lo que el medio ambiente puede hacer por ti. El medio ambiente como solución donde, precisamente, la idea básica era ésa: que un medio ambiente en buenas condiciones nos ofrecía ventajas reales, cotidianas y tangibles a nuestros problemas reales, cotidianos y tangibles como creación de empleo, ahorro económico, salud, etc. etc. etc. ... además de evitar llevarnos al desastre. Y está claro: o notamos en nuestro bolsillo que el esfuerzo -muchas veces muy liviano- de defender el medio ambiente nos tiene cuenta o sufriremos en nuestro bolsillo, nuestro cuerpo y nuestra mente el no hacerlo.

Leía hace poco en la última edición de la impagable publicación Ballena Blanca un artículo de Aniol Esteban, economista ambiental y biólogo marino, sobre la contabilidad del capital natural. Participó en el estudio sobre la creación de la reserva marina de interés pesquero de Cala Ratjada en la isla de Mallorca que, por supuesto, tuvo la oposición frontal del sector náutico y el turístico... hasta que resultó que la reserva generaría diez veces más beneficios que los costes de mantenimiento. Los que se oponían a la reserva, ahora la aman, pese a que, si por ellos hubiera sido, todo el mundo sería más pobre y aquellas aguas estarían más degradadas con un futuro pésimo. 

¿Cuántos de los que ahora hacen negocio -en el buen sentido de la palabra- con la explosión de empresas instaladoras de placas fotovoltaicas miraban con incredulidad -en el mejor de los casos- cuando alguien defendía este tipo de energía? ¿Y cuántos de los que ahora se enriquecen -ya a otro nivel- con el desarrollo masivo de esta energía no hicieron todo lo posible porque no existiera?

Dejémonos, pues, de mensajes, positivos o negativos, sobre mares ahogados, colapso socioeconómico, especies que desaparecen para siempre, etc. etc. etc. Hablemos de dinero, el único idioma que nuestra sociedad entiende. Si las cuentas cuadran, tendremos "ecologistas de toda la vida" para regalar, si no, nos pudriremos haciendo las cosas tan rematadamente mal como las venimos haciendo.

Pongamos un poco de música, para suavizar el texto. ¿Se acuerdan de aquella película, Cabaret? Pues money, money... money, money.

domingo, 12 de febrero de 2023

Acuicultura ¿sostenible?

Ya hace tiempo que el término "sostenible" se aplica tan alegremente como otros que podrían hacernos creer que hemos superado los catastróficos problemas que hemos provocado abusando del medio ambiente: "energía verde", "coches sin emisiones", "renovable", "reciclable"... Si bien otros términos -como el de "ecológico" en los alimentos- sí están regulados y su utilización errónea o malintencionada puede costar un disgusto a quien lo utilice falsamente, muchos otros, como el referido, se utilizan cada vez más y a todos los niveles, no sólo empresariales, sino, quizá sobre todo, en los medios de comunicación.

El que provoca esta entrada es el de considerar a la acuicultura "sostenible". Empecemos por decir que algo es sostenible por sí mismo, no en relación a otras cosas. Que la producción de carne o la agricultura industrial para alimentarnos sea "insostenible" y la acuicultura -según y cómo-, lo sea menos, no le da la categoría de SOSTENIBLE. Que hay que comer, de acuerdo, pero sin mentiras, que producen úlceras.

La acuicultura, según y cómo, puede repetir, y repite en muchos lugares del mundo, los vicios y aberraciones de la ganadería industrial -hacinamiento, utilización de medicamentos, engordes artificiales, contaminación, etc.- además de destruir la naturaleza cuando, por ejemplo, se utilizan manglares para la cría de pescado. ACUICULTURA DE ESPAÑA es una realidad que parece profundamente interesada en realizar su actividad de una manera sostenible -medioambiental, social y económicamente- y en esta "noticia" se podían leer palabras alentadoras sobre cómo realizan esta práctica  con respecto al trato de las aguas:

"...Y eso lo hace a la perfección la acuicultura, porque no solo se sirve del agua natural, sino que la trata antes de devolverla a los ríos para que regrese en mejores condiciones. Por su parte, los viveros situados en el mar también eligen entornos con corrientes para oxigenar el agua de forma natural. Así lo hacen, por ejemplo, en El Campello, en Alicante."

Los datos de su web también hacen ganar por goleada este método frente a la producción de carne de pollo, cerdo o vaca, tanto en emisiones de efecto invernadero como consumo de agua y, algo fundamental, índice de conversión alimenticia, la relación entre la cantidad de pienso necesario y el alimento producido. Porque sí, esta es la madre del cordero en la acuicultura, pues podemos tener aguas limpias, métodos saludables pero ¿y lo que comen los peces? ¿La proporción, la procedencia? Se me viene a la cabeza lo que ocurre con los coches eléctricos, que no contaminan in situ pero pueden arrastrar una terrible contaminación detrás de la energía eléctrica que utilizan.

Según la web de ACUICULTURA DE ESPAÑA, para obtener un kilogramo de salmón se necesita entre 1,2 y 1,5 kgs. de pienso... Pero, ¿de qué están hechos esos piensos? Una investigación de Greenpeace calculaba que para conseguir un kilogramo de harina de pescado para alimentar salmón de acuicultura se necesitaban cuatro o cinco kilogramos de pescado capturado, principalmente, en aguas africanas. Enormes buques del Primer Mundo pescan de manera "insostenible" pescado, que puede dejar sin recursos a los pueblos que habitan esas costas y arruina la economía de sus habitantes -algo que no cuadra con ninguna "sostenibilidad social"-

¿Es el caso de ACUICULTURA DE ESPAÑA? Nos gustaría saberlo; y hay una manera de enterarse. Continuará...

domingo, 15 de enero de 2023

Libros que se leen con una sola mano. La salud planetaria

¿Otro libro sobre el planeta y el medio ambiente para ponernos mal cuerpo? Bueno, hablando del planeta y de salud, eso parece inevitable, pero no tienen la culpa ni Fernando Valladares, ni Xiomara Cantera ni Adrián Escudero, las científicas del CSIC que lo han escrito, sino todas las personas que, entre otras cosas, ignoran lo que dicen estos libros.

Veámoslo de otra manera: sí, es un libro que pone mal cuerpo, pero con el que podemos reaccionar porque nos dice muchas verdades muy interesantes y maneras de cambiar esa realidad... siempre que no prefiramos dejar de leerlo y sumergirnos en las insulsas frivolidades que tanto les gustan a tantos medios de comunicación. Porque será difícil encontrar en un volumen de menos de 140 páginas tanta información útil para saber y actuar como en "La salud planetaria" que, para empezar, abre refiriéndose a la "ruptura del equilibrio planetario", algo que puede sonar raro -aunque las tres palabras que lo componen lo explican muy bien- y sobre lo que la comunidad científica viene advirtiendo desde hace 50 años. No se trata -solo- de si van a aumentar mucho las temperaturas, sino de que estamos descontrolando todo y eso, sencillamente, está teniendo -no lo dejemos todo para luego- y tendrá consecuencias: 1-catastróficas -que quiere decir miseria, sufrimiento y muerte para mucha gente- y 2-incontrolables -que ni la ONU, ni el BCE, ni Estados Unidos, China ni el mismísimo MIT, podrán resolver.

No contentas, las autoras, a renglón seguido lanzan la pregunta del millón sobre la que yo hablo tantas veces: ¿por qué nos da igual? Y, brevemente, lanzan tres respuestas: la inercia humana a seguir haciendo lo que estamos haciendo -pachorra, si se me permite el vulgarismo-, el capitalismo, que lo fía todo a un crecimiento ilimitado dentro de un planeta limitado -"ansia viva", que diría el sabio personaje del humorista José Mota, la Blasa- y que la naturaleza es lenta pero persistente en sus procesos y nuestra especie no se percata fácilmente de sus cambios -lo que viene siendo no mirar más allá de donde acaba la nariz.

Después viene una sucesión de saber que nos empeñamos en desconocer y que -como decía en la anterior reseña de un libro que publicaba aquí- debería darse desde los primeros días de escuela: lo vital que es para la Humanidad conservar la biodiversidad -eso que no acabamos de entender por lo que, se deduce, tampoco será muy importante-, cómo las extinciones nos hacen más vulnerables, la relación directa entre salud planetaria y la salud de cada cual, los perniciosos abusos que se están cometiendo en la agricultura, el olvido de uno de los bienes más preciados (el agua) y un largo etcétera que me hubiera gustado haber comentado pero que hubiera hecho interminable esta reseña que, sobre todo, lo que busca es que se lea este libro, se reflexiones sobre lo que dice, se actúe en consecuencia... pero ya, no mañana.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Libros que se leen con una sola mano. Cambio climático para principiantes

Utilizando la expresión futbolística, "a estas alturas del campeonato" los únicos principiantes que debería haber respecto a todo lo relacionado con el cambio climático, el calentamiento global, etc. etc. deberían ser los niños y niñas, aprendiéndolo en las escuelas. Al fin y al cabo, el cambio climático es uno de los tremendos problemas a los que se enfrenta la Humanidad y que amenaza -o ya lo hace, poco a poco- con llevarnos por delante como especie. Pero como la triste realidad es muy distinta y, seguramente, hay más españoles y españolas que apenas saben nada del cambio climático -vaya, lo que oyen en las noticias- o que no quieren saberlo que los que lo tienen claro, el libro de la meteoróloga Isabel Moreno es justo, necesario e imprescindible. Como imprescindible debería ser que se leyera, comentara y aprendiera en escuelas, institutos y universidades.

Necesitamos, sin duda, saber lo más básico de este "fenómeno" que hemos creado para ir más allá: enfrentarlo, mitigarlo, adaptarnos a él... y refutar las mentiras que un sinfín de ignorantes y malvados nos cuentan, muchas veces con extraordinarios medios que les facilitan los más culpables y beneficiados de este desastre. Y digo esto aunque hace tiempo que me niego a debatir sobre el asunto -como sobre el holocausto judío o si Elvis Presley sigue vivo-: no hay nada que debatir, muchísimo que hacer y no hay dos opiniones, sino una evidencia científica y empírica indiscutible. Otra cosa es que no esté demás poner en su sitio de vez en cuando a quienes confunden programas o tribunas con barras de bar.

Así, es muy de agradecer la línea "didáctica" de este libro, parándose cuando es necesario para explicar detalles concretos, significados de asuntos confusos, siglas e instituciones e, incluso, enganchar con explicaciones que parecen anecdóticas pero son fundamentales -no, el deshielo del Ártico no sube el nivel del mar, porque el Ártico es sólo hielo, pero sí lo suben, y mucho, las masas congeladas sobre tierra firme, con las de la Antártida, Groenlandia o los glaciares. Viene bien saber porqué, pese a la existencia del cambio climático, puede haber olas de frío o "Filomenas", que la subida del nivel del mar o de las temperaturas no es en todas partes igual -o incluso en algunos sitios puede descender- pero, quizá sobre todo, sencilla y cercanamente explicado, que el cambio climático es descontrol, un poner patas arriba el clima que toma derroteros incontrolables, porque un mal alimenta otro mayor y la ola va creciendo sobre nosotras.

Y después de conocer viene el qué hacer para que esto no vaya a más -y queda claro que muchas cosas ya no tienen remedio-, y el qué hacer significa que aún se puede hacer algo... o que hay que hacer mucho para no ir a peor, porque las consecuencias de nuestra actividad de ahora mismo, y de décadas anteriores -sobre todo en nuestro mundo desarrollado- se quedará ahí para muchos muchos años.

Para mi gusto, digámoslo así, este libro tiene un pero que, a diferencia de lo que suelen hacer los pero, no lo invalida ni mucho menos. Pero, aunque la esperanza es necesaria -porque si no ¿para qué vamos a hacer nada?- y tiene su fundamento, se deja demasiado campo a las posibilidades que nos quedan, más aún cuando prácticamente hacemos poco o nada, o tanto como al contrario. Es duro, me consta, decir a la gente que lo hemos hecho muy mal, que por mucho que hagamos esto será catastrófico -pero, insisto, si seguimos igual... lo mismo hasta desaparecemos- pero los mensajes blancos, suaves, para que nadie se moleste, evidentemente no han servido de mucho hasta ahora y muchas veces dejar puertas abiertas sólo sirve para que nos sigamos dando plazos, como tanto les encanta a los habituales de las COP y del "hoy no, mañana".

domingo, 6 de noviembre de 2022

Nos estamos olvidando del agua

En estos revueltos tiempos -que algunos aún quieren ver como un capítulo más que se acabará olvidando- hablamos de, y nos preocupan, temas tan cotidianos como la escasez de gas, la posibilidad de apagones, el precio de la electricidad o si tiritaremos cuando llegue, si llega, el frío. Todo ello pertenece, sin dejar de ser prosaicos, a unas profundas reflexiones que deberíamos haber realizado hace mucho. Y es lógico, ya digo, que nos preocupe el precio, la escasez o el desabastecimientos de materias primas que creíamos infinitas o, al menos, permanentemente aseguradas... Pero nos estamos olvidando de la más importante -sólo superada por el aire-.

Cierto que la posibilidad de pasar frío, no poder cambiar el coche, tener que racionar la electricidad o que el móvil ya no sirva -por moda u obsolescencia programada- es grave, pero es que sin agua tenemos  los días contados. Sin agua nos morimos, directamente, sin agua no se pueden producir alimentos, sin agua nos enfrentamos a muchas enfermedades. Aún así, y metidas de lleno en una terrible sequía, el agua está en segundo plano y eso que no sólo se trata de que haya agua sino de que ésta sea potable, un "más difícil todavía".

Anticipar, para quien no lo sepa, que la reducción de la disponibilidad de agua dulce no es un problema de ahora ni lo va a resolver una temporada de lluvias, que el panorama futuro se presenta peor aún -menos agua, más personas demandándola-, que el cambio climático atiza la mala situación y que es otra altísima amenaza para la amenazada paz mundial. Así las cosas, y por duro que resulte, vamos a fijarnos sólo en dos cuestiones, una nacional y otra internacional, donde el agua debería representar una de las grandes prioridades, si no la que más. 

En nuestro país -sumidos ahora mismo en una sequía que nos hace soñar con la lluvia- el problema no es sólo la escasez de agua en gran parte del territorio, un problema que no hace más que agrandarse, sino la mala calidad, por contaminación, de los acuíferos que, en muchos casos, son la principal fuente de suministro. Hace un mes la organización ecologista Greenpeace lo documentaba sobradamente, ofreciendo un panorama de un 44% de las masas de aguas subterráneas en mal estado y buena parte del resto en riesgo de estarlo. Esto puede ser por cantidad -se extrae mucha más de la que se repone lo que hasta el más lerdo entiende que lleva al agotamiento-, por contaminación, -especialmente de nitratos procedentes de una agricultura insostenible que lleva décadas lastrando su propio futuro, aunque también se encuentran en las aguas que deberíamos beber pesticidas y plaguicidas y metales- y la salinización de aguas subterráneas donde, por el mal uso de los pozos, el agua salada se mezcla con el agua dulce.

Quizá más grave todavía es que con esta situación y esas evidencias no se dejen de construir piscinas privadas -lógico, los veranos cada vez son más calurosos y largos-, se mantengan trasvases para cultivos insostenibles, como decía, o la agricultura no se autorregule, aunque sólo sea por la cuenta que le tiene. Vemos el agua como algo que sale por el grifo y mientras salga no queremos ver nada más, aunque la próxima vez que abramos sólo salga barro.

Vayamos ahora fuera de nuestras fronteras a ese mundo que flirtea a diario con una guerra de efectos catastróficos para hablar de conflictos semejantes al, según los medios, único existente, y que se alimentan, o tienen pequeños estallidos de momento, en relación directa con la escasez de agua dulce y potable. Obviamos, sólo en estas líneas, todos los conflictos de menor interés para nuestra opinión pública y terribles para las personas, que ya están en marcha por la escasez o ausencia de agua -la invisible guerra de Darfur tiene sus raíces en la disputa por el agua y la olvidada de Siria tuvo su detonante en terribles años de sequía en el Creciente Fértil, otros muchos latentes y sin relevancia mediática o todo lo mucho que tienen que ver las sequías en las crisis de refugiados y emigrantes que aspiran a llegar a Europa. Todo ello para irnos al Asia Central, un polvorín que, éste sí, nos puede acabar preocupando en el mundo desarrollado.

Tratemos de resumir la situación: los recursos hídricos de la región se basan en dos ríos, el Amu Daria y el Syr Daria. Ambos desembocan en lo que queda del otrora cuarto mayor lago del mundo, el mar de Aral. Como se ve en el mapa adjunto, parten de Kirguistán y Tayikistán y pasan, de diferente manera, por Turkmenistán, Uzbekistán y Kazakistán. En la relación de riqueza en recursos naturales, los dos primeros son ricos en agua pero los otros tres son ricos en hidrocarburos. En resumidas cuentas, unos tienen agua y otros energía.

Durante la Unión Soviética no había problemas -aunque la explotación de estos ríos por el régimen soviético para el cultivo de algodón acabó casi destruyendo el mar de Aral, provocando una descomunal pérdida de recursos alimenticios en la región y dando lugar a una catástrofe medioambiental-: toda la zona era una unidad controlada desde Moscú y los recursos eran compartidos entre todos. Acabado el régimen soviético, surgieron estos cinco países con intereses contrapuestos. Los que tienen energía obtienen mayores beneficios vendiéndola al exterior y sumiendo en escasez energética a Kirguistán y Tayikistán que, en ese caso, bien para presionar a sus vecinos ricos en gas y petróleo, o para surtirse de energía hidroeléctrica, construyen presas o reducen caudales según convenga.

Esta es una situación completamente explosiva cuando estamos hablando, simplemente, de que puedan comer, beber o calentarse millones de personas -o simplemente no morir en un hospital por falta de electricidad- y es fácil suponer lo catastrófico que resultaría un conflicto en esta zona para el resto del mundo. Un conflicto, por otra parte, que ha tenido ya suficientes episodios para poder estallar en cualquier momento -más como está el patio y las ganas de muchos de entrar en guerra o que otros entren por ellos. A modo de anexo, relacionamos algunos de los "incidentes" que se han dado en años pasados en la región, directamente extraídos del IGADIObviamente una cada vez menor disponibilidad de agua -incluso en regiones que siempre hemos asociado a grandes lluvias, ríos, lagos y acuíferos- acrecienta el riesgo de estallidos bélicos en esta zona y su contagio a muchas otros países.

Sin duda no debemos obviar los graves problemas energéticos que hemos creado y que, precisamente la lucha por acaparar los que quedan, disfrazada siempre de nobles sentimientos, no hace más que encarecer, pero el "sin agua no hay vida" debería estar presente en cada una de nuestras grandes y pequeñas decisiones a nivel personal, como sociedad y de los gobiernos que tenemos. El riesgo que corremos no debería tener que explicarse más.




ANEXO

En 1993 el uso por Kirgyzstán de aguas del Syr Darya para la producción hidroeléctrica en invierno causó escasez de agua en toda la zona irrigada de Uzbekistán. Si Tadjikistán y Kirgyzstán reducen –debido a las presiones- esta fuente de energía incrementan su dependencia del carbón kazako o del gas uzbeko pues no cuentan con combustiles fósiles suficientes. En consecuencia Kazakhstán y Uzbekistán los usan como un medio de presión y sus exportaciones son muy irregulares.

Los tadjikos cierran frecuentemente el canal Bokent, que abastece a la provincia uzbeka Batken.

En represalia por la suspensión del envío de gas uzbeko a Kirgyzstán en el invierno 1998-99, los kirguises abrieron el reservorio Toktogoul e inundaron la mayor parte de los campos uzbecos. El siguiente verano limitaron el volumen de agua enviado, destruyendo una buena parte de los cultivos uzbekos. Incidentes similares se reiteraron en 2001 con catastróficos resultados.

Por otra parte, Uzbekistán tiene algún control sobre el abastecimiento de agua al sur de Kazakhstán, que en algunas etapas ha reducido, provocando protestas de los campesinos kazakos así como disputas gubernamentales entre ambos Estados.

Uzbekistán también empleó medidas de retorsión contra Tadjikistán, negándole abastecimiento de gas y también el acceso a las rutas uzbekas que Tadjikistán requiere para comunicarse con territorios propios.

En julio 1997 Kirgyzstán dejó de considerar al Syr Darya como un bien común, codificó y gravó el derecho a su uso y demandó a los Estados de esta cuenca ayuda financiera para mantener reservorios instalados en su territorio. Además indicó que si Uzbekistán no pagaba, vendería el agua a China.

domingo, 14 de agosto de 2022

Abandonad toda esperanza

Hace unos años durante una entrevista radiofónica me preguntaron si, ante al desastre medioambiental al que nos enfrentábamos, tenía esperanzas. Yo les dije que sí las tenía si de manera inmediata y con contundencia nos poníamos a hacer lo que la situación requería pero que si seguíamos sin reaccionar, no había esperanzas.

Desde entonces, aunque son pocos años, algunas cosas han cambiado radicalmente. Los efectos del cambio climático, del agotamiento de recursos no son ya algo que ocasionalmente aparece en el telediario en algún país de esos en los que "siempre pasan cosas así" ni son una situación estacional -calor e incendios en verano-, sino que ya nos golpean a los del Primer Mundo -los que acaban tomando las decisiones- de manera cercana, recurrente y contundentemente. Poca gente habrá -al margen de los que no saben o no quieren saber y de los puramente malintencionados- que si les hablas del calentamiento global y el cambio climático te vayan a mirar como a una loca -como sí lo hacían no hace tanto tiempo-. "Pues lo mismo tenían razón", ya piensa mucha gente después de ver arder los bosques de España o Francia -hasta ahora al margen de esos problemas-, soportar semanas y semanas de calores que no recuerdan ni los más viejos o ver en amarillo la campiña inglesa -otros que parecían a salvo.

Esto debería darnos esperanza para que, de una vez y de verdad, y todo el mundo junto, hagamos lo que hay que hacer, sin medias tintas, falsas promesas o automentiras... Por si alguna duda hay de que ni es, ni parece que vaya a ser así -que no pasaremos de echarnos las manos a la cabeza y mirar a los lados, a ver a quien le podemos echar la culpa, aunque con eso no se arregle nada- la reacción a las recientes medidas aprobadas para ahorrar gas nos pueden echar "el alma a los pies".

Recordemos, para empezar, que esas medidas -límites al aire acondicionado y a la calefacción en lugares públicos, apagado de luces a determinadas horas de escaparates o edificios vacíos, cierre de puertas a la calle cuando funciona la calefacción o el aire acondicionado- no buscan luchar contra el cambio climático o frenar el derroche de una energía que se acaba, sino cumplir con unas obligaciones-recomendaciones europeas para que el gas ruso no siga siendo una medida de presión. 

¿Y cuál ha sido la respuesta de la sociedad al único esfuerzo en años amplio y realmente efectivo, aunque tímido y apocado? Oponerse por todos lados, de todas las maneras, aunque se acabe cumpliendo por miedo. Exigimos nuestro derecho al aire acondicionado por debajo de los 27 grados -y recordemos que en nuestros hogares estas medidas no entran- aun a riesgo de que a otro calurosísimo verano puede que no lo podamos poner, por citar un ejemplo.

El ahorro energético, por cierto, es la primera clave, y la más efectiva, para enfrentar la que se nos viene en cuestiones energéticas, por delante de la eficiencia energética incluso, o el desarrollo, nunca plenamente posible, de las energías de fuentes renovables, y más que los inventos que nos seducen, aunque tantas veces no sean realmente efectivos -coches eléctricos, hidrógeno verde...

Pero no, que ahorre el vecino, parece ser la sentencia final y eso me lleva a recordar las palabras que encontró Dante escritas en una puerta al llegar al Infierno: Abandonad toda esperanza, porque prácticamente siempre, por muy terribles que sean los problemas, puede quedar la esperanza de que si todo el mundo se une y lo enfrenta decididamente, pueda haber alguna posibilidad de ganar, o perder menos. Las esperanzas son sentimientos, pero si no se apoyan sobre una base real, de poco sirven. Si el más pequeño esfuerzo para arreglar esto sólo recibe contras y se admite a la fuerza, nada podemos esperar, porque nadie diferente a nosotras puede arreglar lo que nadie diferente a nosotras ha roto.

viernes, 17 de junio de 2022

Résumé traduit en français de l'article Transition « verte » et « juste » Que fait-on de l'Afrique?

Résumé traduit en français de l'article

Transition « verte » et « juste » Que fait-on de l'Afrique?

publié le 12 juin 2022 sur le blog medioambienteporti.blogspot.com

par son auteur, Julián Gómez-Cambronero Alcolea (España)

 

Pendant de nombreuses décennies, le Premier Monde a consommé sans mesure, voire en les gaspillant, des combustibles fossiles - le charbon d'abord, puis aussi le pétrole et le gaz - alors que, aussi, depuis de nombreuses années, on sait que cette consommation nous a conduit à une catastrophe planétaire , en raison du réchauffement climatique et du changement climatique provoqués par les gaz émis par ces carburants. Une grande partie du développement du premier monde a été grâce à cette consommation effrénée.

Pendant ce temps, le continent africain a vécu plongé dans une misère qui, malgré quelques améliorations, maintient le peuple africain dans une vie sans avenir dont il semble impossible de sortir.

Jusqu'à présent, le Premier Monde n'a pas accordé beaucoup d'importance aux dommages causés par le changement climatique, car il ne l'a pas affecté directement, alors que dans le Tiers Monde, il a causé de grandes souffrances. Mais maintenant que les États-Unis, l'Europe et d'autres pays riches en souffrent dans leur propre pays avec des conséquences de plus en plus graves, ils ont décidé que les émissions mondiales de CO2 devaient être considérablement réduites.

Mais, si nous voulons réduire les émissions de CO2 à l'échelle mondiale, qu'advient-il d'endroits comme l'Afrique qui, avec 1,3 milliard d'habitants, émet moins de 4 % du total de CO2 de la planète entière? Faut-il imposer les mêmes réductions au continent africain pour atteindre le « 0 émission » alors qu'il n'est pas responsable de la catastrophe vers laquelle nous nous dirigeons?

Le développement économique implique inévitablement une forte consommation d'énergie. Sans cette consommation, les Africains ne sortiront jamais de la misère et, bien que l'Afrique semble avoir de grandes possibilités de développement des énergies renouvelables, elle devra recourir à d'autres types d'énergies pour en finir avec le sous-développement.

Prenons l'exemple de la République démocratique du Congo, un pays qui fait cinq fois la taille de l'Espagne et quelque 100 millions d'habitants, aux premières places mondiales en termes de pauvreté, de malnutrition ou de maladie. Chaque habitant du Congo émet en moyenne 115 fois moins de CO2 qu'un habitant de l'Espagne, d'une part parce que les gigantesques fleuves du bassin du Congo et la biomasse dominent la production d'énergie dans le pays... et d'autre part parce qu'un seul habitant sur cinq du RDC ont accès à l'électricité. De plus, avec l'énergie dont elle dispose, la RDC ne peut pas transformer l'énorme richesse naturelle dont elle dispose et sa principale valeur va à l'étranger.

Que fait-on de la RDC, que fait-on de l'Afrique? Leur disons-nous qu'ils ne peuvent pas émettre plus de gaz à effet de serre parce que nous avons émis des millions de tonnes pour vivre bien mieux qu'eux? Freinons-nous leur consommation d'énergies fossiles sans lesquelles ils pourront difficilement sortir de la misère alors que nous les avons gaspillés pendant des décennies?

La solution ne peut pas arriver non plus parce que l'Afrique déboise ses forêts ou brûle tout le charbon, le pétrole et le gaz qu'il y a sur le continent, car cela causerait aussi d'énormes souffrances à son peuple à moyen terme. La seule solution serait sûrement qu'une grande partie des réductions d'émissions de CO2 que l'Afrique doit faire soient faites dans le premier monde, dans le monde développé, mais, en réalité, ce qui pourrait finir par arriver, c'est que le premier monde, pour survivre dans les décennies à venir, se réapproprier les richesses de l'Afrique, soit par achat, soit par la force.

domingo, 12 de junio de 2022

Transición "verde" y "justa" ¿Qué hacemos con África?

Desde hace muchas décadas, el Primer Mundo ha consumido sin medida, muchas veces derrochándolos, combustibles fósiles -carbón primero, petróleo y gas después- lo que, en parte, ha contribuido a que sea eso, primer mundo en el ranking planetario. Aunque desde hace menos décadas, es mucho el tiempo en el que ese Primer Mundo ha recibido claras y crecientes advertencias -con cada vez más y mayores evidencias empíricas y científicas- de que mantener esa dependencia de los combustible fósiles abocaba inexorablemente a una catástrofe incontrolable por las emisiones de efecto invernadero que producían.

A todo esto el continente africano lleva ese mismo tiempo sumido en una miseria inhumana que, pese a haberse visto suavizada en general y, sobre todo, regionalmente, mantiene al pueblo africano encerrado en una vida sin futuro de la que parece imposible salir.

Hasta hace poco, los daños que producía el desenfrenado consumo de energías fósiles, que provocan el calentamiento global y el cambio climático, se citaban siempre a futuro, a muchos años vista porque en ese Primer Mundo dominante, las catástrofes que ya sufría el planeta eran o menores, o menos evidentes, mientras que los pobres de los "otros mundos" padecían desde décadas atrás sequías, inundaciones, guerras y hambrunas directamente relacionadas con el cambio climático. Esa asunción en el Primer Mundo de la gravedad de lo que pasa y pasará, fruto directo de "bofetadas de realidad" en plena cara por el desorden climático en el que estamos sumidas, ha hecho reaccionar -muy tímidamente- al planeta entero y ha llevado a tomar decisiones y asumir compromisos para cambiar lo que se daba, una transición ecológica, "verde", para, presuntamente, cambiar lo que se está haciendo y como se está haciendo para, supuestamente, evitar el desastre. Y para ello el objetivo principal es "descarbonizar" el sistema, reducir las emisiones de GEI drásticamente a nivel planetario... y de manera que nadie quede atrás.

Pero, si queremos ir reduciendo las emisiones de CO2 a nivel global, independientemente de la aportación que cada uno haya hecho a la acumulación ya irreversible de ese y otros gases en la atmósfera, ¿qué hacemos con los que apenas han contribuido al desastre, lo sufren pero apenas, también, se han beneficiado de sus ventajas? ¿Qué hacemos, por ejemplo, con África? ¿Imponemos la tabla rasa de nuestro intento de "cero emisiones" aunque, con 1.300 millones de habitantes, no representa ni el 4% de las emisiones mundiales?

Inevitablemente el desarrollo económico conlleva un elevado consumo de energía. Sin ella, los habitantes africanos no saldrán jamás de la miseria y, si bien, África parece tener enormes posibilidades de desarrollo de las llamadas energías renovables, sin duda, no pueden ser suficientes en un  panorama de desarrollo -menos aún si el resto del planeta se lanza a producir con energías "renovables", en las que África siempre estaría a la cola-.

Tomemos el ejemplo de la República Democrática del Congo, un país con cinco veces el tamaño de España y unos 100 millones de habitantes, en los primeros lugares de las listas donde la pobreza, la desnutrición y las enfermedades están más arraigadas. Cada congoleño o congoleña emite por término medio 115 veces menos CO2 que un español o una española, en parte porque los gigantescos ríos de la Cuenca del Congo y la biomasa copan la producción de energía en el país... y en parte porque sólo uno de cada cinco habitantes de la RDC tiene acceso a la electricidad. Si de por sí es difícil que el valor añadido de las innumerable riquezas naturales de este país no se vaya al extranjero y repercuta en su pueblo -debido al saqueo legal e ilegal que el mundo entero realiza en el Congo- crear industrias que traten en el lugar de origen los minerales que se extraen o creen un tejido manufacturero que evite una enorme dependencia exterior para bienes de consumo resulta casi imposible por las evidentes limitaciones de energía que tiene el país.

 ¿Qué hacemos con la RDC, qué hacemos con África? ¿Les decimos que no pueden emitir más GEI porque ya lo hemos hecho nosotros por ellos a lo largo de décadas creando el mayor desastre en la Historia de la Humanidad, gracias a lo que hemos llevado una vida mil veces mejor que la suya? ¿Los frenamos en su consumo de combustibles fósiles que, junto a otras muchas cosas, les ayudarían a salir de la miseria, mientras sufren como nadie las consecuencias de nuestra "mala cabeza" durante años y años?

Y esto por no hablar de las famosas "cero emisiones netas" que, si bien no son aplicables a toda África si lo son a la RDC y países de la Cuenca del Congo, sumidero mundial de su CO2 pero, sobre todo, del nuestro.

Obviamente la solución tampoco pasa porque África salga de su miseria generalizada deforestando sus selvas o quemando todo su petróleo, gas y carbón -el 80% de la electricidad producida en Sudáfrica proviene del carbón y es uno de lo mayores emisores mundiales de CO2-, algo que, más pronto que tarde, le costaría muy caro. Pero no podemos ponernos "estupendos" a nivel global con la famosa descarbonización, poniendo el contador a cero a partir de ahora y arreglándolo todo con envío de millones que, en muchos casos, o no serán efectivos o carecerán de valor real.

La solución suena tanto a utopía que resulta arriesgado publicarla siquiera: que el Primer Mundo, desarrollado y causante principal del desastre, asuma, a cuenta de sus propias reducciones, el mínimo necesario de aumento de emisiones de lugares como África... Esto suena más utópico aún cuando, es fácil suponerlo -de hecho ya ocurre-, el Primer Mundo tapará sus vergüenzas -léase carencias- energéticas, mientras pueda, adueñándose  de una manera u otra de todos esos recursos contaminantes que ahora les pedimos no utilizar a los africanos.

 

Este artículo no hubiera sido posible si en el excelente trabajo de Aurora Moreno Alcojor en TRANSICIÓNVERDE Y PROTECCIÓNMEDIOAMBIENTAL. ¿UNA VERDADERAPRIORIDAD PARA LAS RELACIONESÁFRICA-EUROPA?


domingo, 22 de mayo de 2022

Volviendo al carbón en la era de la "descarbonización"

En mi tierra hay una expresión, ya en desuso, que es "se acabó el carbón" que se utilizaba cuando ya no se podía continuar con una actividad y que, por suponer, debe de estar relacionada con trenes que ya no podían continuar su recorrido. En nuestro mundo uno de los combustibles con más reservas, seguramente el que más, es el carbón que, a la par, es el mayor causante de emisiones de CO2 en su combustión.

Ninguna empresa que se precie, ningún político que aspire a algo, dejará de "apostar firmemente por la descarbonización del sistema" y hasta tenemos a personajes públicos, dirigentes de grandes empresas contaminantes, como José Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, recientes adalides de la descarbonización... pero una vez más a las palabras, o a los grandes acuerdos, como los que cierran todas las COP, se las lleva el viento. En este caso, el viento de la guerra, el descubrimiento de que la malvada Rusia tiene cogido al democrático Occidente por sus partes nobles en materia energética con el petróleo y, sobre todo, el gas, y hay que liberarse de ese yugo que Europa se puso voluntariamente. Como la falacia de utilizar el gas norteamericano -incluso el nigeriano y el qatarí- se sostiene sólo durante un rato, el plan de sustitución -seguramente imposible como lo tenemos montado y queremos seguir teniéndolo- hace volver a uno de los malos de la película, el carbón, y a guiñarle un ojo a otro, la energía nuclear -que a la mínima nos la presentarán como verde... y limpia.

Pero no nos engañemos, pese a proclamas, acuerdos y decisiones, el carbón sigue teniendo un peso fundamental en la economía y en la producción y consumo energético mundial. Cerca del 40% de la energía eléctrica se produce con carbón y las previsiones postpandemia que hacía la AIE eran de crecimiento del uso de este combustible. Es cierto, China y la India son los mayores responsables del consumo de carbón, tan cierto como que un altísimo porcentaje de sus emisiones de CO2 son nuestras, deslocalizadas para producir más barato lo que nuestra insaciable sociedad consumista necesita para no hundirse.

Así que, entre que lo que se acuerda no se cumple, se cumple despacio o tarde, y los pasos atrás que guerras, crisis y mantenimiento obcecado de no apostar, más allá de las "renovables", por el ahorro y la eficiencia, por el cambio radical de lo que hacemos, nos encontramos en una sucesión de círculos concéntricos cada vez más estrechos, en medio de los cuales estamos.

domingo, 1 de mayo de 2022

Cero emisiones netas, la penúltima falacia

¿Quién no ha visto algún anuncio, alguna oferta en la que te venden u ofrecen algo que favorece el calentamiento global pero en el que se comprometen a compensarlo con, por ejemplo, plantar los árboles necesarios para que las emisiones de CO2 que tu compra  va a producir se queden en nada? ¿Quién no ha leído firmes compromisos de grandes o no tan grandes empresas de para tal o cual año tener cero emisiones netas de CO2? Pues no te creas nada, que es el último invento y la penúltima falacia sobre emisiones de CO2 para seguir haciendo lo mismo y que no lo parezca.

Doreen Stabinski, licenciada en economía y doctora en genética, lo explicaba muy bien en una entrevista en Ballena Blanca en diciembre pasado.

Lo de cero emisiones netas es una manera de que compres o hagas algo que va a producir emisiones de CO2 y contribuir al cambio climático sin ningún cargo de conciencia ni reflexión porque te crees que esas emisiones no van a sumarse al planeta, ya que se van a compensar. Seguirás haciendo lo mismo y pensarás que la naturaleza no se verá afectada. Pero no es así.

Hay dos formas de llevar a cabo las cero emisiones netas -un concepto puesto de moda hace muy pocos años.

A nivel de tu compra: si el coche que te vas a comprar emite tantos kilogramos de CO2 y esa cantidad es la que absorben cinco árboles, por ejemplo, la empresa que te vende el coche plantará cinco árboles y todos tan contentos. Podíamos empezar por preguntar qué emisiones se están calculando: ¿las que se supone que emitirá el coche circulando durante una determinada vida útil, las que se emiten construyéndolo, las que se emiten extrayendo y transportando los materiales de que está hecho, las que se emiten gestionando sus residuos cuando ya no es útil? Una vez aclarada cual es la cantidad real de emisiones de CO2 hay que pensar que éstas se mantendrán en la atmósfera durante, al menos, unos cien años... Necesitaremos entonces que esos árboles que van a absorber la cantidad calculada de CO2 vivan ese mismo tiempo porque si son cortados, se queman o acaban secándose, o no absorberán esas emisiones o, aún peor, expulsarán a la atmósfera todo lo acumulado.

A nivel de emisiones mundiales: defendiendo cero emisiones netas como alternativa para acabar con las emisiones de CO2 a nivel global, la técnica casi llega a ser perversa. Habría que plantar millones y millones de kilómetros cuadrados de árboles -que no de bosques-, cuando esos árboles hubieran atrapado el suficiente CO2, se quemarían, se capturaría el CO2 que emitieran y se enterraría. Para empezar: ¿cuánto terreno planetario se necesitaría para plantar tantos árboles? Sea cual sea, y seguramente no habría tanto disponible, no cabe duda de que habría que perder para el cultivo -y la alimentación- enormes superficies planetarias y además expulsar de sus lugares de residencia y vida a millones de personas -empezando, para variar, por pueblos indígenas que normalmente apenas emiten CO2-. Algo parecido ocurriría con la superficie necesaria para guardar tanto CO2 -dos subcontinentes indios, por ejemplo.

Por supuesto que hay que capturar todo el CO2 que ya existe en nuestra atmósfera, únicamente dejando de emitirlo -si es que realmente vamos a reducir alguna vez las emisiones- no basta. Pero sin reducir las emisiones todo lo posible, el desastre está asegurado -el que existe y otro mucho peor- Con cuentos como las cero emisiones netas mantenemos lo que llevamos haciendo mal tanto tiempo y damos alas a un nuevo colonialismo de carbono en el que los países ricos pueden comprar derechos de emisiones de CO2 a los países pobres que casi no emiten -o trasladar allí sus fuentes de emisiones-, cuando aquí el único derecho que existe es cambiar radicalmente las cosas para que pobres -los primeros- y ricos -antes o después- no sufran o sufran menos este desastre.

Hidrógeno verde, una revolución que cambia poco

La primera vez que escribí en Raíz y Rama fue en 2020 y lo hice sobre el coche eléctrico, entonces y ahora uno de los baluartes de la tra...