domingo, 12 de febrero de 2023

Acuicultura ¿sostenible?

Ya hace tiempo que el término "sostenible" se aplica tan alegremente como otros que podrían hacernos creer que hemos superado los catastróficos problemas que hemos provocado abusando del medio ambiente: "energía verde", "coches sin emisiones", "renovable", "reciclable"... Si bien otros términos -como el de "ecológico" en los alimentos- sí están regulados y su utilización errónea o malintencionada puede costar un disgusto a quien lo utilice falsamente, muchos otros, como el referido, se utilizan cada vez más y a todos los niveles, no sólo empresariales, sino, quizá sobre todo, en los medios de comunicación.

El que provoca esta entrada es el de considerar a la acuicultura "sostenible". Empecemos por decir que algo es sostenible por sí mismo, no en relación a otras cosas. Que la producción de carne o la agricultura industrial para alimentarnos sea "insostenible" y la acuicultura -según y cómo-, lo sea menos, no le da la categoría de SOSTENIBLE. Que hay que comer, de acuerdo, pero sin mentiras, que producen úlceras.

La acuicultura, según y cómo, puede repetir, y repite en muchos lugares del mundo, los vicios y aberraciones de la ganadería industrial -hacinamiento, utilización de medicamentos, engordes artificiales, contaminación, etc.- además de destruir la naturaleza cuando, por ejemplo, se utilizan manglares para la cría de pescado. ACUICULTURA DE ESPAÑA es una realidad que parece profundamente interesada en realizar su actividad de una manera sostenible -medioambiental, social y económicamente- y en esta "noticia" se podían leer palabras alentadoras sobre cómo realizan esta práctica  con respecto al trato de las aguas:

"...Y eso lo hace a la perfección la acuicultura, porque no solo se sirve del agua natural, sino que la trata antes de devolverla a los ríos para que regrese en mejores condiciones. Por su parte, los viveros situados en el mar también eligen entornos con corrientes para oxigenar el agua de forma natural. Así lo hacen, por ejemplo, en El Campello, en Alicante."

Los datos de su web también hacen ganar por goleada este método frente a la producción de carne de pollo, cerdo o vaca, tanto en emisiones de efecto invernadero como consumo de agua y, algo fundamental, índice de conversión alimenticia, la relación entre la cantidad de pienso necesario y el alimento producido. Porque sí, esta es la madre del cordero en la acuicultura, pues podemos tener aguas limpias, métodos saludables pero ¿y lo que comen los peces? ¿La proporción, la procedencia? Se me viene a la cabeza lo que ocurre con los coches eléctricos, que no contaminan in situ pero pueden arrastrar una terrible contaminación detrás de la energía eléctrica que utilizan.

Según la web de ACUICULTURA DE ESPAÑA, para obtener un kilogramo de salmón se necesita entre 1,2 y 1,5 kgs. de pienso... Pero, ¿de qué están hechos esos piensos? Una investigación de Greenpeace calculaba que para conseguir un kilogramo de harina de pescado para alimentar salmón de acuicultura se necesitaban cuatro o cinco kilogramos de pescado capturado, principalmente, en aguas africanas. Enormes buques del Primer Mundo pescan de manera "insostenible" pescado, que puede dejar sin recursos a los pueblos que habitan esas costas y arruina la economía de sus habitantes -algo que no cuadra con ninguna "sostenibilidad social"-

¿Es el caso de ACUICULTURA DE ESPAÑA? Nos gustaría saberlo; y hay una manera de enterarse. Continuará...

domingo, 15 de enero de 2023

Libros que se leen con una sola mano. La salud planetaria

¿Otro libro sobre el planeta y el medio ambiente para ponernos mal cuerpo? Bueno, hablando del planeta y de salud, eso parece inevitable, pero no tienen la culpa ni Fernando Valladares, ni Xiomara Cantera ni Adrián Escudero, las científicas del CSIC que lo han escrito, sino todas las personas que, entre otras cosas, ignoran lo que dicen estos libros.

Veámoslo de otra manera: sí, es un libro que pone mal cuerpo, pero con el que podemos reaccionar porque nos dice muchas verdades muy interesantes y maneras de cambiar esa realidad... siempre que no prefiramos dejar de leerlo y sumergirnos en las insulsas frivolidades que tanto les gustan a tantos medios de comunicación. Porque será difícil encontrar en un volumen de menos de 140 páginas tanta información útil para saber y actuar como en "La salud planetaria" que, para empezar, abre refiriéndose a la "ruptura del equilibrio planetario", algo que puede sonar raro -aunque las tres palabras que lo componen lo explican muy bien- y sobre lo que la comunidad científica viene advirtiendo desde hace 50 años. No se trata -solo- de si van a aumentar mucho las temperaturas, sino de que estamos descontrolando todo y eso, sencillamente, está teniendo -no lo dejemos todo para luego- y tendrá consecuencias: 1-catastróficas -que quiere decir miseria, sufrimiento y muerte para mucha gente- y 2-incontrolables -que ni la ONU, ni el BCE, ni Estados Unidos, China ni el mismísimo MIT, podrán resolver.

No contentas, las autoras, a renglón seguido lanzan la pregunta del millón sobre la que yo hablo tantas veces: ¿por qué nos da igual? Y, brevemente, lanzan tres respuestas: la inercia humana a seguir haciendo lo que estamos haciendo -pachorra, si se me permite el vulgarismo-, el capitalismo, que lo fía todo a un crecimiento ilimitado dentro de un planeta limitado -"ansia viva", que diría el sabio personaje del humorista José Mota, la Blasa- y que la naturaleza es lenta pero persistente en sus procesos y nuestra especie no se percata fácilmente de sus cambios -lo que viene siendo no mirar más allá de donde acaba la nariz.

Después viene una sucesión de saber que nos empeñamos en desconocer y que -como decía en la anterior reseña de un libro que publicaba aquí- debería darse desde los primeros días de escuela: lo vital que es para la Humanidad conservar la biodiversidad -eso que no acabamos de entender por lo que, se deduce, tampoco será muy importante-, cómo las extinciones nos hacen más vulnerables, la relación directa entre salud planetaria y la salud de cada cual, los perniciosos abusos que se están cometiendo en la agricultura, el olvido de uno de los bienes más preciados (el agua) y un largo etcétera que me hubiera gustado haber comentado pero que hubiera hecho interminable esta reseña que, sobre todo, lo que busca es que se lea este libro, se reflexiones sobre lo que dice, se actúe en consecuencia... pero ya, no mañana.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Libros que se leen con una sola mano. Cambio climático para principiantes

Utilizando la expresión futbolística, "a estas alturas del campeonato" los únicos principiantes que debería haber respecto a todo lo relacionado con el cambio climático, el calentamiento global, etc. etc. deberían ser los niños y niñas, aprendiéndolo en las escuelas. Al fin y al cabo, el cambio climático es uno de los tremendos problemas a los que se enfrenta la Humanidad y que amenaza -o ya lo hace, poco a poco- con llevarnos por delante como especie. Pero como la triste realidad es muy distinta y, seguramente, hay más españoles y españolas que apenas saben nada del cambio climático -vaya, lo que oyen en las noticias- o que no quieren saberlo que los que lo tienen claro, el libro de la meteoróloga Isabel Moreno es justo, necesario e imprescindible. Como imprescindible debería ser que se leyera, comentara y aprendiera en escuelas, institutos y universidades.

Necesitamos, sin duda, saber lo más básico de este "fenómeno" que hemos creado para ir más allá: enfrentarlo, mitigarlo, adaptarnos a él... y refutar las mentiras que un sinfín de ignorantes y malvados nos cuentan, muchas veces con extraordinarios medios que les facilitan los más culpables y beneficiados de este desastre. Y digo esto aunque hace tiempo que me niego a debatir sobre el asunto -como sobre el holocausto judío o si Elvis Presley sigue vivo-: no hay nada que debatir, muchísimo que hacer y no hay dos opiniones, sino una evidencia científica y empírica indiscutible. Otra cosa es que no esté demás poner en su sitio de vez en cuando a quienes confunden programas o tribunas con barras de bar.

Así, es muy de agradecer la línea "didáctica" de este libro, parándose cuando es necesario para explicar detalles concretos, significados de asuntos confusos, siglas e instituciones e, incluso, enganchar con explicaciones que parecen anecdóticas pero son fundamentales -no, el deshielo del Ártico no sube el nivel del mar, porque el Ártico es sólo hielo, pero sí lo suben, y mucho, las masas congeladas sobre tierra firme, con las de la Antártida, Groenlandia o los glaciares. Viene bien saber porqué, pese a la existencia del cambio climático, puede haber olas de frío o "Filomenas", que la subida del nivel del mar o de las temperaturas no es en todas partes igual -o incluso en algunos sitios puede descender- pero, quizá sobre todo, sencilla y cercanamente explicado, que el cambio climático es descontrol, un poner patas arriba el clima que toma derroteros incontrolables, porque un mal alimenta otro mayor y la ola va creciendo sobre nosotras.

Y después de conocer viene el qué hacer para que esto no vaya a más -y queda claro que muchas cosas ya no tienen remedio-, y el qué hacer significa que aún se puede hacer algo... o que hay que hacer mucho para no ir a peor, porque las consecuencias de nuestra actividad de ahora mismo, y de décadas anteriores -sobre todo en nuestro mundo desarrollado- se quedará ahí para muchos muchos años.

Para mi gusto, digámoslo así, este libro tiene un pero que, a diferencia de lo que suelen hacer los pero, no lo invalida ni mucho menos. Pero, aunque la esperanza es necesaria -porque si no ¿para qué vamos a hacer nada?- y tiene su fundamento, se deja demasiado campo a las posibilidades que nos quedan, más aún cuando prácticamente hacemos poco o nada, o tanto como al contrario. Es duro, me consta, decir a la gente que lo hemos hecho muy mal, que por mucho que hagamos esto será catastrófico -pero, insisto, si seguimos igual... lo mismo hasta desaparecemos- pero los mensajes blancos, suaves, para que nadie se moleste, evidentemente no han servido de mucho hasta ahora y muchas veces dejar puertas abiertas sólo sirve para que nos sigamos dando plazos, como tanto les encanta a los habituales de las COP y del "hoy no, mañana".

domingo, 6 de noviembre de 2022

Nos estamos olvidando del agua

En estos revueltos tiempos -que algunos aún quieren ver como un capítulo más que se acabará olvidando- hablamos de, y nos preocupan, temas tan cotidianos como la escasez de gas, la posibilidad de apagones, el precio de la electricidad o si tiritaremos cuando llegue, si llega, el frío. Todo ello pertenece, sin dejar de ser prosaicos, a unas profundas reflexiones que deberíamos haber realizado hace mucho. Y es lógico, ya digo, que nos preocupe el precio, la escasez o el desabastecimientos de materias primas que creíamos infinitas o, al menos, permanentemente aseguradas... Pero nos estamos olvidando de la más importante -sólo superada por el aire-.

Cierto que la posibilidad de pasar frío, no poder cambiar el coche, tener que racionar la electricidad o que el móvil ya no sirva -por moda u obsolescencia programada- es grave, pero es que sin agua tenemos  los días contados. Sin agua nos morimos, directamente, sin agua no se pueden producir alimentos, sin agua nos enfrentamos a muchas enfermedades. Aún así, y metidas de lleno en una terrible sequía, el agua está en segundo plano y eso que no sólo se trata de que haya agua sino de que ésta sea potable, un "más difícil todavía".

Anticipar, para quien no lo sepa, que la reducción de la disponibilidad de agua dulce no es un problema de ahora ni lo va a resolver una temporada de lluvias, que el panorama futuro se presenta peor aún -menos agua, más personas demandándola-, que el cambio climático atiza la mala situación y que es otra altísima amenaza para la amenazada paz mundial. Así las cosas, y por duro que resulte, vamos a fijarnos sólo en dos cuestiones, una nacional y otra internacional, donde el agua debería representar una de las grandes prioridades, si no la que más. 

En nuestro país -sumidos ahora mismo en una sequía que nos hace soñar con la lluvia- el problema no es sólo la escasez de agua en gran parte del territorio, un problema que no hace más que agrandarse, sino la mala calidad, por contaminación, de los acuíferos que, en muchos casos, son la principal fuente de suministro. Hace un mes la organización ecologista Greenpeace lo documentaba sobradamente, ofreciendo un panorama de un 44% de las masas de aguas subterráneas en mal estado y buena parte del resto en riesgo de estarlo. Esto puede ser por cantidad -se extrae mucha más de la que se repone lo que hasta el más lerdo entiende que lleva al agotamiento-, por contaminación, -especialmente de nitratos procedentes de una agricultura insostenible que lleva décadas lastrando su propio futuro, aunque también se encuentran en las aguas que deberíamos beber pesticidas y plaguicidas y metales- y la salinización de aguas subterráneas donde, por el mal uso de los pozos, el agua salada se mezcla con el agua dulce.

Quizá más grave todavía es que con esta situación y esas evidencias no se dejen de construir piscinas privadas -lógico, los veranos cada vez son más calurosos y largos-, se mantengan trasvases para cultivos insostenibles, como decía, o la agricultura no se autorregule, aunque sólo sea por la cuenta que le tiene. Vemos el agua como algo que sale por el grifo y mientras salga no queremos ver nada más, aunque la próxima vez que abramos sólo salga barro.

Vayamos ahora fuera de nuestras fronteras a ese mundo que flirtea a diario con una guerra de efectos catastróficos para hablar de conflictos semejantes al, según los medios, único existente, y que se alimentan, o tienen pequeños estallidos de momento, en relación directa con la escasez de agua dulce y potable. Obviamos, sólo en estas líneas, todos los conflictos de menor interés para nuestra opinión pública y terribles para las personas, que ya están en marcha por la escasez o ausencia de agua -la invisible guerra de Darfur tiene sus raíces en la disputa por el agua y la olvidada de Siria tuvo su detonante en terribles años de sequía en el Creciente Fértil, otros muchos latentes y sin relevancia mediática o todo lo mucho que tienen que ver las sequías en las crisis de refugiados y emigrantes que aspiran a llegar a Europa. Todo ello para irnos al Asia Central, un polvorín que, éste sí, nos puede acabar preocupando en el mundo desarrollado.

Tratemos de resumir la situación: los recursos hídricos de la región se basan en dos ríos, el Amu Daria y el Syr Daria. Ambos desembocan en lo que queda del otrora cuarto mayor lago del mundo, el mar de Aral. Como se ve en el mapa adjunto, parten de Kirguistán y Tayikistán y pasan, de diferente manera, por Turkmenistán, Uzbekistán y Kazakistán. En la relación de riqueza en recursos naturales, los dos primeros son ricos en agua pero los otros tres son ricos en hidrocarburos. En resumidas cuentas, unos tienen agua y otros energía.

Durante la Unión Soviética no había problemas -aunque la explotación de estos ríos por el régimen soviético para el cultivo de algodón acabó casi destruyendo el mar de Aral, provocando una descomunal pérdida de recursos alimenticios en la región y dando lugar a una catástrofe medioambiental-: toda la zona era una unidad controlada desde Moscú y los recursos eran compartidos entre todos. Acabado el régimen soviético, surgieron estos cinco países con intereses contrapuestos. Los que tienen energía obtienen mayores beneficios vendiéndola al exterior y sumiendo en escasez energética a Kirguistán y Tayikistán que, en ese caso, bien para presionar a sus vecinos ricos en gas y petróleo, o para surtirse de energía hidroeléctrica, construyen presas o reducen caudales según convenga.

Esta es una situación completamente explosiva cuando estamos hablando, simplemente, de que puedan comer, beber o calentarse millones de personas -o simplemente no morir en un hospital por falta de electricidad- y es fácil suponer lo catastrófico que resultaría un conflicto en esta zona para el resto del mundo. Un conflicto, por otra parte, que ha tenido ya suficientes episodios para poder estallar en cualquier momento -más como está el patio y las ganas de muchos de entrar en guerra o que otros entren por ellos. A modo de anexo, relacionamos algunos de los "incidentes" que se han dado en años pasados en la región, directamente extraídos del IGADIObviamente una cada vez menor disponibilidad de agua -incluso en regiones que siempre hemos asociado a grandes lluvias, ríos, lagos y acuíferos- acrecienta el riesgo de estallidos bélicos en esta zona y su contagio a muchas otros países.

Sin duda no debemos obviar los graves problemas energéticos que hemos creado y que, precisamente la lucha por acaparar los que quedan, disfrazada siempre de nobles sentimientos, no hace más que encarecer, pero el "sin agua no hay vida" debería estar presente en cada una de nuestras grandes y pequeñas decisiones a nivel personal, como sociedad y de los gobiernos que tenemos. El riesgo que corremos no debería tener que explicarse más.




ANEXO

En 1993 el uso por Kirgyzstán de aguas del Syr Darya para la producción hidroeléctrica en invierno causó escasez de agua en toda la zona irrigada de Uzbekistán. Si Tadjikistán y Kirgyzstán reducen –debido a las presiones- esta fuente de energía incrementan su dependencia del carbón kazako o del gas uzbeko pues no cuentan con combustiles fósiles suficientes. En consecuencia Kazakhstán y Uzbekistán los usan como un medio de presión y sus exportaciones son muy irregulares.

Los tadjikos cierran frecuentemente el canal Bokent, que abastece a la provincia uzbeka Batken.

En represalia por la suspensión del envío de gas uzbeko a Kirgyzstán en el invierno 1998-99, los kirguises abrieron el reservorio Toktogoul e inundaron la mayor parte de los campos uzbecos. El siguiente verano limitaron el volumen de agua enviado, destruyendo una buena parte de los cultivos uzbekos. Incidentes similares se reiteraron en 2001 con catastróficos resultados.

Por otra parte, Uzbekistán tiene algún control sobre el abastecimiento de agua al sur de Kazakhstán, que en algunas etapas ha reducido, provocando protestas de los campesinos kazakos así como disputas gubernamentales entre ambos Estados.

Uzbekistán también empleó medidas de retorsión contra Tadjikistán, negándole abastecimiento de gas y también el acceso a las rutas uzbekas que Tadjikistán requiere para comunicarse con territorios propios.

En julio 1997 Kirgyzstán dejó de considerar al Syr Darya como un bien común, codificó y gravó el derecho a su uso y demandó a los Estados de esta cuenca ayuda financiera para mantener reservorios instalados en su territorio. Además indicó que si Uzbekistán no pagaba, vendería el agua a China.

domingo, 14 de agosto de 2022

Abandonad toda esperanza

Hace unos años durante una entrevista radiofónica me preguntaron si, ante al desastre medioambiental al que nos enfrentábamos, tenía esperanzas. Yo les dije que sí las tenía si de manera inmediata y con contundencia nos poníamos a hacer lo que la situación requería pero que si seguíamos sin reaccionar, no había esperanzas.

Desde entonces, aunque son pocos años, algunas cosas han cambiado radicalmente. Los efectos del cambio climático, del agotamiento de recursos no son ya algo que ocasionalmente aparece en el telediario en algún país de esos en los que "siempre pasan cosas así" ni son una situación estacional -calor e incendios en verano-, sino que ya nos golpean a los del Primer Mundo -los que acaban tomando las decisiones- de manera cercana, recurrente y contundentemente. Poca gente habrá -al margen de los que no saben o no quieren saber y de los puramente malintencionados- que si les hablas del calentamiento global y el cambio climático te vayan a mirar como a una loca -como sí lo hacían no hace tanto tiempo-. "Pues lo mismo tenían razón", ya piensa mucha gente después de ver arder los bosques de España o Francia -hasta ahora al margen de esos problemas-, soportar semanas y semanas de calores que no recuerdan ni los más viejos o ver en amarillo la campiña inglesa -otros que parecían a salvo.

Esto debería darnos esperanza para que, de una vez y de verdad, y todo el mundo junto, hagamos lo que hay que hacer, sin medias tintas, falsas promesas o automentiras... Por si alguna duda hay de que ni es, ni parece que vaya a ser así -que no pasaremos de echarnos las manos a la cabeza y mirar a los lados, a ver a quien le podemos echar la culpa, aunque con eso no se arregle nada- la reacción a las recientes medidas aprobadas para ahorrar gas nos pueden echar "el alma a los pies".

Recordemos, para empezar, que esas medidas -límites al aire acondicionado y a la calefacción en lugares públicos, apagado de luces a determinadas horas de escaparates o edificios vacíos, cierre de puertas a la calle cuando funciona la calefacción o el aire acondicionado- no buscan luchar contra el cambio climático o frenar el derroche de una energía que se acaba, sino cumplir con unas obligaciones-recomendaciones europeas para que el gas ruso no siga siendo una medida de presión. 

¿Y cuál ha sido la respuesta de la sociedad al único esfuerzo en años amplio y realmente efectivo, aunque tímido y apocado? Oponerse por todos lados, de todas las maneras, aunque se acabe cumpliendo por miedo. Exigimos nuestro derecho al aire acondicionado por debajo de los 27 grados -y recordemos que en nuestros hogares estas medidas no entran- aun a riesgo de que a otro calurosísimo verano puede que no lo podamos poner, por citar un ejemplo.

El ahorro energético, por cierto, es la primera clave, y la más efectiva, para enfrentar la que se nos viene en cuestiones energéticas, por delante de la eficiencia energética incluso, o el desarrollo, nunca plenamente posible, de las energías de fuentes renovables, y más que los inventos que nos seducen, aunque tantas veces no sean realmente efectivos -coches eléctricos, hidrógeno verde...

Pero no, que ahorre el vecino, parece ser la sentencia final y eso me lleva a recordar las palabras que encontró Dante escritas en una puerta al llegar al Infierno: Abandonad toda esperanza, porque prácticamente siempre, por muy terribles que sean los problemas, puede quedar la esperanza de que si todo el mundo se une y lo enfrenta decididamente, pueda haber alguna posibilidad de ganar, o perder menos. Las esperanzas son sentimientos, pero si no se apoyan sobre una base real, de poco sirven. Si el más pequeño esfuerzo para arreglar esto sólo recibe contras y se admite a la fuerza, nada podemos esperar, porque nadie diferente a nosotras puede arreglar lo que nadie diferente a nosotras ha roto.

viernes, 17 de junio de 2022

Résumé traduit en français de l'article Transition « verte » et « juste » Que fait-on de l'Afrique?

Résumé traduit en français de l'article

Transition « verte » et « juste » Que fait-on de l'Afrique?

publié le 12 juin 2022 sur le blog medioambienteporti.blogspot.com

par son auteur, Julián Gómez-Cambronero Alcolea (España)

 

Pendant de nombreuses décennies, le Premier Monde a consommé sans mesure, voire en les gaspillant, des combustibles fossiles - le charbon d'abord, puis aussi le pétrole et le gaz - alors que, aussi, depuis de nombreuses années, on sait que cette consommation nous a conduit à une catastrophe planétaire , en raison du réchauffement climatique et du changement climatique provoqués par les gaz émis par ces carburants. Une grande partie du développement du premier monde a été grâce à cette consommation effrénée.

Pendant ce temps, le continent africain a vécu plongé dans une misère qui, malgré quelques améliorations, maintient le peuple africain dans une vie sans avenir dont il semble impossible de sortir.

Jusqu'à présent, le Premier Monde n'a pas accordé beaucoup d'importance aux dommages causés par le changement climatique, car il ne l'a pas affecté directement, alors que dans le Tiers Monde, il a causé de grandes souffrances. Mais maintenant que les États-Unis, l'Europe et d'autres pays riches en souffrent dans leur propre pays avec des conséquences de plus en plus graves, ils ont décidé que les émissions mondiales de CO2 devaient être considérablement réduites.

Mais, si nous voulons réduire les émissions de CO2 à l'échelle mondiale, qu'advient-il d'endroits comme l'Afrique qui, avec 1,3 milliard d'habitants, émet moins de 4 % du total de CO2 de la planète entière? Faut-il imposer les mêmes réductions au continent africain pour atteindre le « 0 émission » alors qu'il n'est pas responsable de la catastrophe vers laquelle nous nous dirigeons?

Le développement économique implique inévitablement une forte consommation d'énergie. Sans cette consommation, les Africains ne sortiront jamais de la misère et, bien que l'Afrique semble avoir de grandes possibilités de développement des énergies renouvelables, elle devra recourir à d'autres types d'énergies pour en finir avec le sous-développement.

Prenons l'exemple de la République démocratique du Congo, un pays qui fait cinq fois la taille de l'Espagne et quelque 100 millions d'habitants, aux premières places mondiales en termes de pauvreté, de malnutrition ou de maladie. Chaque habitant du Congo émet en moyenne 115 fois moins de CO2 qu'un habitant de l'Espagne, d'une part parce que les gigantesques fleuves du bassin du Congo et la biomasse dominent la production d'énergie dans le pays... et d'autre part parce qu'un seul habitant sur cinq du RDC ont accès à l'électricité. De plus, avec l'énergie dont elle dispose, la RDC ne peut pas transformer l'énorme richesse naturelle dont elle dispose et sa principale valeur va à l'étranger.

Que fait-on de la RDC, que fait-on de l'Afrique? Leur disons-nous qu'ils ne peuvent pas émettre plus de gaz à effet de serre parce que nous avons émis des millions de tonnes pour vivre bien mieux qu'eux? Freinons-nous leur consommation d'énergies fossiles sans lesquelles ils pourront difficilement sortir de la misère alors que nous les avons gaspillés pendant des décennies?

La solution ne peut pas arriver non plus parce que l'Afrique déboise ses forêts ou brûle tout le charbon, le pétrole et le gaz qu'il y a sur le continent, car cela causerait aussi d'énormes souffrances à son peuple à moyen terme. La seule solution serait sûrement qu'une grande partie des réductions d'émissions de CO2 que l'Afrique doit faire soient faites dans le premier monde, dans le monde développé, mais, en réalité, ce qui pourrait finir par arriver, c'est que le premier monde, pour survivre dans les décennies à venir, se réapproprier les richesses de l'Afrique, soit par achat, soit par la force.

domingo, 12 de junio de 2022

Transición "verde" y "justa" ¿Qué hacemos con África?

Desde hace muchas décadas, el Primer Mundo ha consumido sin medida, muchas veces derrochándolos, combustibles fósiles -carbón primero, petróleo y gas después- lo que, en parte, ha contribuido a que sea eso, primer mundo en el ranking planetario. Aunque desde hace menos décadas, es mucho el tiempo en el que ese Primer Mundo ha recibido claras y crecientes advertencias -con cada vez más y mayores evidencias empíricas y científicas- de que mantener esa dependencia de los combustible fósiles abocaba inexorablemente a una catástrofe incontrolable por las emisiones de efecto invernadero que producían.

A todo esto el continente africano lleva ese mismo tiempo sumido en una miseria inhumana que, pese a haberse visto suavizada en general y, sobre todo, regionalmente, mantiene al pueblo africano encerrado en una vida sin futuro de la que parece imposible salir.

Hasta hace poco, los daños que producía el desenfrenado consumo de energías fósiles, que provocan el calentamiento global y el cambio climático, se citaban siempre a futuro, a muchos años vista porque en ese Primer Mundo dominante, las catástrofes que ya sufría el planeta eran o menores, o menos evidentes, mientras que los pobres de los "otros mundos" padecían desde décadas atrás sequías, inundaciones, guerras y hambrunas directamente relacionadas con el cambio climático. Esa asunción en el Primer Mundo de la gravedad de lo que pasa y pasará, fruto directo de "bofetadas de realidad" en plena cara por el desorden climático en el que estamos sumidas, ha hecho reaccionar -muy tímidamente- al planeta entero y ha llevado a tomar decisiones y asumir compromisos para cambiar lo que se daba, una transición ecológica, "verde", para, presuntamente, cambiar lo que se está haciendo y como se está haciendo para, supuestamente, evitar el desastre. Y para ello el objetivo principal es "descarbonizar" el sistema, reducir las emisiones de GEI drásticamente a nivel planetario... y de manera que nadie quede atrás.

Pero, si queremos ir reduciendo las emisiones de CO2 a nivel global, independientemente de la aportación que cada uno haya hecho a la acumulación ya irreversible de ese y otros gases en la atmósfera, ¿qué hacemos con los que apenas han contribuido al desastre, lo sufren pero apenas, también, se han beneficiado de sus ventajas? ¿Qué hacemos, por ejemplo, con África? ¿Imponemos la tabla rasa de nuestro intento de "cero emisiones" aunque, con 1.300 millones de habitantes, no representa ni el 4% de las emisiones mundiales?

Inevitablemente el desarrollo económico conlleva un elevado consumo de energía. Sin ella, los habitantes africanos no saldrán jamás de la miseria y, si bien, África parece tener enormes posibilidades de desarrollo de las llamadas energías renovables, sin duda, no pueden ser suficientes en un  panorama de desarrollo -menos aún si el resto del planeta se lanza a producir con energías "renovables", en las que África siempre estaría a la cola-.

Tomemos el ejemplo de la República Democrática del Congo, un país con cinco veces el tamaño de España y unos 100 millones de habitantes, en los primeros lugares de las listas donde la pobreza, la desnutrición y las enfermedades están más arraigadas. Cada congoleño o congoleña emite por término medio 115 veces menos CO2 que un español o una española, en parte porque los gigantescos ríos de la Cuenca del Congo y la biomasa copan la producción de energía en el país... y en parte porque sólo uno de cada cinco habitantes de la RDC tiene acceso a la electricidad. Si de por sí es difícil que el valor añadido de las innumerable riquezas naturales de este país no se vaya al extranjero y repercuta en su pueblo -debido al saqueo legal e ilegal que el mundo entero realiza en el Congo- crear industrias que traten en el lugar de origen los minerales que se extraen o creen un tejido manufacturero que evite una enorme dependencia exterior para bienes de consumo resulta casi imposible por las evidentes limitaciones de energía que tiene el país.

 ¿Qué hacemos con la RDC, qué hacemos con África? ¿Les decimos que no pueden emitir más GEI porque ya lo hemos hecho nosotros por ellos a lo largo de décadas creando el mayor desastre en la Historia de la Humanidad, gracias a lo que hemos llevado una vida mil veces mejor que la suya? ¿Los frenamos en su consumo de combustibles fósiles que, junto a otras muchas cosas, les ayudarían a salir de la miseria, mientras sufren como nadie las consecuencias de nuestra "mala cabeza" durante años y años?

Y esto por no hablar de las famosas "cero emisiones netas" que, si bien no son aplicables a toda África si lo son a la RDC y países de la Cuenca del Congo, sumidero mundial de su CO2 pero, sobre todo, del nuestro.

Obviamente la solución tampoco pasa porque África salga de su miseria generalizada deforestando sus selvas o quemando todo su petróleo, gas y carbón -el 80% de la electricidad producida en Sudáfrica proviene del carbón y es uno de lo mayores emisores mundiales de CO2-, algo que, más pronto que tarde, le costaría muy caro. Pero no podemos ponernos "estupendos" a nivel global con la famosa descarbonización, poniendo el contador a cero a partir de ahora y arreglándolo todo con envío de millones que, en muchos casos, o no serán efectivos o carecerán de valor real.

La solución suena tanto a utopía que resulta arriesgado publicarla siquiera: que el Primer Mundo, desarrollado y causante principal del desastre, asuma, a cuenta de sus propias reducciones, el mínimo necesario de aumento de emisiones de lugares como África... Esto suena más utópico aún cuando, es fácil suponerlo -de hecho ya ocurre-, el Primer Mundo tapará sus vergüenzas -léase carencias- energéticas, mientras pueda, adueñándose  de una manera u otra de todos esos recursos contaminantes que ahora les pedimos no utilizar a los africanos.

 

Este artículo no hubiera sido posible si en el excelente trabajo de Aurora Moreno Alcojor en TRANSICIÓNVERDE Y PROTECCIÓNMEDIOAMBIENTAL. ¿UNA VERDADERAPRIORIDAD PARA LAS RELACIONESÁFRICA-EUROPA?


Hidrógeno verde, una revolución que cambia poco

La primera vez que escribí en Raíz y Rama fue en 2020 y lo hice sobre el coche eléctrico, entonces y ahora uno de los baluartes de la tra...