domingo, 14 de febrero de 2021

Al hilo de... Ruina medioambiental, ruina económica

En 2006 el Informe Stern puso los pelos de punta a mucha gente responsable de asuntos económicos. Sí, iba de medio ambiente, ese asunto que no entendemos muchas veces porqué es tan importante como dicen, pero lo había hecho un economista -Nicholas Stern- y hablaba de economía, de PIB y esas cosas, de nuestros bolsillos, en definitiva, que es, queramos reconocerlo o no, lo que de verdad nos mueve. Además lo había encargado el Tesoro Británico -no alguna ONG sin nada que hacer.

El caso es que el citado informe relacionaba destrucción del medio ambiente -con el cambio climático y todo eso- con una fortísima depresión de manera permanente. Catorce años después llega el Informe Dasgupta -del economista de la Universidad de Cambridge, Partha Dasgupta- y lo ha encargado el Ministerio de Finanzas británico.

Lo cierto es que algunas de sus afirmaciones no necesitaban ni de un economista ni de una investigación sino utilizar el sentido común un poco: "Porque la biosfera tiene límites, la economía global tiene límites", dice. Lo viene diciendo mucha gente normal y corriente, un poco observadora, un poco sensible: dependemos absolutamente de la naturaleza, el medio ambiente marca lo que podemos y no podemos hacer, incluido lo relacionado con el dinero que gastamos e ingresamos a diario. 

Este informe pone a la biodiversidad -esa que, sin duda, no sabemos qué valor puede tener- en el centro de la economía, señala su creciente destrucción -pasando puntos de no retorno- como un paso hasta situaciones que desconocemos y no podremos controlar.

"El Informe Dasgupta muestra que estamos tomando de la Tierra mucho más de lo que puede soportar, que la estamos agotando rápidamente, y que pagaremos el precio", dice de él el propio Nicholas Stern.

Ballena Blanca lo desmenuza de manera clara y amena en este artículo. Una noticia que, por cierto, ¿alguien ha visto destacada en los titulares de la prensa o los telediarios?


domingo, 17 de enero de 2021

Al hilo de... Renovables que necesitan materiales que no lo son


Por mucho que las necesitemos, por mucho que nos puedan gustar, no podemos obviar, como se hace continuamente, la supeditación de las mal llamadas energías renovables a materiales finitos, no renovables. De ahí mi insistencia en el libro en no utilizar el término "energías renovables" -mucho menos "verdes" o "limpias"- y llamar a las cosas por su nombre: energía de fuentes renovables -el Sol, el viento, el agua... 

En su número de Enero-Febrero, La Marea informa de varios estudios cuyos datos dejan claro que, nos guste o no, el imprescindible abandono de las energías fósiles, la contención del aumento de temperatura en 1,5 grados necesita, también de manera imprescindible, un altísimo pago contra el medio ambiente, en muchos casos técnicamente imposible, para aumentar exponencialmente la producción de energía solar y eólica.

Para que molinos eólicos, paneles solares, coches eléctricos y demás sean construidos y funcionen se necesitan minerales y metales como litio, cobalto, neodimio, níquel... 

La producción de éstos debería aumentar, para cubrir la demanda necesaria, así:

-Litio, entre un 1.565% y 8.845%

-Cobalto, entre un 679% y 1.788%

-Neodimio, entre un 369% y un 592%

-Níquel, entre un 119% y 313%


Pero hay más: si estos crecimientos se antojan casi imposibles... en el caso del litio, cobalto y níquel simplemente lo son porque agotarían las reservas conocidas...

Urge un replanteamiento por todos -muy especialmente los ecologistas- de lo que son las energías renovables y hasta dónde podemos llegar con ellas y cuánto puede haber de verdad en la "transición ecológica" y en la realidad de poder frenar el calentamiento global sin romper nada más.



domingo, 3 de enero de 2021

Apuntes para un libro vivo. El coche eléctrico, una falsa alternativa ecológica

Tras décadas de advertencias, evidencias, noticias, etc. sobre el impacto humano en el medio ambiente y la naturaleza, el daño para estos y sus consecuencias nefastas para nuestra vida y el planeta, estamos empezando a creernos que todo aquello que nos decían –alteración del clima, agotamiento del petróleo, consecuencias para nuestra salud, por ejemplo- era cierto. Lo hacemos, eso sí, después de que las consecuencias del deterioro medioambiental comienzan a ser evidentes, tangibles, y nos saltan a la cara, llegan hasta nuestras propias casas y resultan tan obvias que no necesitamos ningún informe ni estudio para creernos que algo está pasando, para sospechar que algo estamos haciendo mal, si bien ese maltrato al planeta lleva años causando sufrimiento a millones de personas en otras latitudes.

Ante esta situación estamos reaccionando y buscando desarrollar alternativas en todos los ámbitos de nuestra existencia: producción, consumo, transporte, energía, alimentación… Nos cuesta poco nombrar a esas alternativas como ecológicas, verdes, limpias… pero, en determinados casos, un análisis  reposado nos puede llevar a la conclusión de que las cosas no son como parecen e, incluso, algunas de esas alternativas pueden resultar contraproducentes para lo que se pretende.

A mi entender, y al de otras personas, el coche eléctrico, en pleno “boom” expansivo, es uno de esos casos.

El coche eléctrico tiene grandes e indiscutibles ventajas: no emite CO2 al circular, reduce notablemente la emisión de partículas peligrosas para nuestra salud, son mucho menos ruidosos que los convencionales y aprovechan mucho mejor la energía que reciben, resultando hasta seis o siete veces más eficientes que los que se mueven con derivados del petróleo. Hasta ahí todo correcto… hasta que abrimos el plano.

Parece de perogrullo, pero hay que recordar que el coche eléctrico consume energía para moverse: energía eléctrica que ha de producirse utilizando diversas fuentes energéticas. En función del tipo de fuentes utilizadas, el coche eléctrico estará emitiendo CO2 en mayor o menor medida; éste no saldrá por su

domingo, 20 de diciembre de 2020

Colapso, aunque cerremos los ojos

Para los que este inolvidable 2020 hemos visto la serie francesa de televisión El colapso -más que una ficción, una teoría sobre cómo puede ser la realidad- y leído Petrocalipsis de Antonio Turiel -impactante por su claridad- sólo nos quedaba rematar el año con Colapsología de Pablo Servigne y Raphaël Stevens -Comment tout peut séffondrer, en su título original en francés-. Tras ello, además de merecernos una mención por nuestra valentía, no podemos tener duda de que el colapso de nuestra sociedad tal como la conocemos está a pocas décadas -muy pocas- de ocurrir y que será mucho peor -pero mucho peor- que el escenario que hemos conocido con la pandemia.

Lo peor de todo, quizás, es que no se trata de opiniones o creencias, sino de hechos, de un mecanismo que pusimos en marcha hace mucho tiempo y que hemos ido acelerando hasta hacerlo imparable y ante el que, como en Colapsología se dice, citando a Clive Hamilton, "los deseos inútiles no bastarán"

Colapsología, en su parte técnica, incide en todas las evidencias que Antonio Turiel nos cuenta en su Petrocalipsis: unos recursos renovables a los que no concedemos ni el descanso necesario para que, precisamente, se renueven -agua, pesca, suelos, bosques-, unos recursos no renovables que superan o se acercan a sus picos, tras lo que desciende su producción -petróleo y demás recursos minerales-, una sociedad asentada en un enorme consumo energético que no deja de crecer y unos "refugios" ante todo ello que tenemos depauperados o heridos de muerte -ecosistemas, biodiversidad. Por lo demás sus autores -que lo publicaron en Francia hace cinco años- nos hablan claramente de un colapso -que puede ocurrir de determinadas formas- tras el que nada volverá a ser lo mismo... y algunas o muchas cosas dejarán de ser.

Esta entrada viene a reflejar muy bien lo que han sido las entradas de este blog en este año, que recordaremos como el de la pandemia pero en el que, por ejemplo, también se ha empezado a hablar -y a mostrar- sin tapujos de la terrible situación que se nos viene encima. Será quizá que se ha perdido el miedo a que te tachen de agorero, porque a los "agoreros" que predecían una pandemia como ésta, hoy se les respeta. O quizá, también, porque es el último recurso para que hagamos algo, que no evitará el colapso, pero reducirá sus efectos o nos servirá para encauzarlo y que no sea el definitivo. Al fin y al cabo, como dice Hans Jonas, "la profecía de la desgracia está hecha para evitar que ésta se produzca"

Allá cada cual, claro, aunque lo que hagamos o dejemos de hacer podrá ser una decisión individual pero con efectos colectivos -como juntarse mucha gente o no llevar mascarilla significa respecto al coronavirus- pero abandonemos de una vez máximas que nos han servido de argumento o excusa para no hacer el cambio radical que, quizá, podría haber evitado el colapso: dejemos ya el imposible desarrollo sostenible -en el que yo creía a principios de siglo-, desconfiemos definitivamente de las grandes cumbres internacionales -en las que nunca creí- que toman decisiones que no se aplican, abandonemos el reciclaje -a estas alturas todavía no mayoritario, un mal menor siempre- como bandera de las "medidas de protección del medio ambiente" porque hace falta, en ese y otros asuntos, acciones mucho más profundas, desengañémonos -incluidas las organizaciones ecologistas- de que las mal llamadas "energías renovables" puedan suplir a los combustibles fósiles, mucho menos de manera limpia.

Las cosas son como son y, como oí decir hace poco a un médico, "contra los hechos no hay argumentos" Cerrar los ojos no frena al coche que viene directo hacia nosotros, ni lo desvía. Vean El colapso, quizá sus imágenes sirvan más que las palabras y los datos y podamos abrir los ojos, pero abrámoslos. Ya no va a haber más timbres anunciándonos que tenemos que volver a la sala si no queremos perdernos la representación.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Al hilo de... Siete engaños verdes

Hace dos meses explicaba aquí, siguiendo la publicación especial de Ballena Blanca, lo que era el greenwashing, o cómo darnos contaminación, cambio climático, etc. por verde. Ahora aprovecho un artículo del siempre atinado Alejandro Tena para detallar por donde, habitualmente, nos la cuelan los que del medio ambiente sólo le interesa  el verde del dinero extra que pueden ganar aparentando lo que no son. Siete maneras, siete, de engañarnos.

1-Adquirir grandes y hermosos compromisos en lugares con mucha difusión... que nadie les obligará a cumplir.

2-Vender productos bio o eco que, ciertamente lo son, pero que al venir de la otra punta del mundo, por ejemplo, son más dañinos para el medio ambiente que los normales -y más caros.

3-Reforestar para compensar, pero no creando bosques, sino monocultivos de árboles que impiden la biodiversidad requerida para una verdadera "salida verde"

4-Invertir en verde... y seguir invirtiendo en petróleo, carbón, etc. etc.

5-Demostrar lo green que se es "apostando" por la captura y almacenamiento de CO2, un parche con pocos resultados y que no soluciona casi nada a corto y medio plazo

6-Contar sus emisiones de CO2 obviando detalles como la cadena de producción, por ejemplo

7-Producir con energía 100% renovable -suponiendo que eso existiera- aunque la energía eléctrica producida en España, por lo general, va mezclada con la no renovable -lógicamente.

Todo esto, corregido y ampliado, lo puedes ver aquí

domingo, 29 de noviembre de 2020

Al hilo de... Las migraciones climáticas y el sector privado europeo

A estas alturas no habría que insistir en que los emigrantes que llegan a nuestro país no lo hacen por capricho, ni por aventura ni para aprovecharse de nuestros privilegios... pero hay gente que lo cree. Con tanta ignorancia encima puede que les cueste asumir que no sólo, en la mayoría de los casos, quien arriesga su vida y lo deja todo para llegar aquí lo hace obligado por circunstancias, entre otras, medioambientales: desertización, sequía, inundaciones, guerras por la disputa de los recursos, sino que todas estas causas tienen, también en muchos casos, que ver con empresas europeas.

El papel del sector privado europeo ante las migraciones climáticas, informe de la Fundación ECODES, nos hace reflexionar sobre las verdaderas causas de uno de los mayores problemas humanitarios de nuestro país y vuelve a demostrar que la degradación del medio ambiente no nos puede ser ajena aunque queramos.

Un 10% de la población -obviamente la más rica- emite más de la mitad del CO2 mientras la mitad de la población, la más pobre, emite sólo un 7% El reparto de las consecuencias viene a ser inversamente proporcional por lo que los que menos emiten muchas veces tiene que huir de su tierra y llegar, a lo que les den, a la de los que más emiten. Europa, aunque destaca en su preocupación por el medio ambiente, no es ajena a esa injusticia social climática: aunque su ámbito de actuación no sea necesariamente Europa,  muchas de sus principales empresas lideran las emisiones de CO2 o degradan la naturaleza con la explotación de sus recursos (REPSOL, Royal Dutch Shell, BP, Total... España, Paises Bajos, Reino Unido, Francias...), alteran ecosistemas fundamentales para la vida de mucha gente con sus construcciones (ACS), dejan sin recursos a sus habitantes mediante monocultivos de agrocombustibles, provocan grandes incendios con la producción y compra de carne, etc. etc.

Sin duda, para quienes ven a los emigrantes como delincuentes, les resultará inaudito que, al final, mucha de la culpa de que vengan la tienen todas esas empresas europeas que veneramos. Sencillamente, no lo creerán, ahondando en su ignorancia.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Apuntes para un libro vivo. Preguntar por la salud y hablar del tiempo

Las dos acciones que dan título a esta entrada son, seguramente, los recursos más utilizados para cuando no se sabe de qué hablar, para romper el hielo en una conversación, para entretener un momento con un desconocido o comenzar a hablar con alguien tras mucho tiempo sin contacto.

Con la que está cayendo, preguntar por la salud, antes de iniciar cualquier conversación tras una período de incomunicación -incluso breve- con alguna persona conocida ya no es una costumbre, sino una obligación. Queremos saber cómo se encuentra la otra, o su familia, si, antes de entrar en materia, ha sufrido o sufre al dichoso coronavirus o, aun sin sufrirlo, cómo le está sentando toda esta situación casi inacabable. Nos preocupa la salud, en definitiva, más la propia pero también la ajena. Personalmente o a nivel de nuestras autoridades -aunque en el fondo no lo parezca- afirmamos que "la salud es lo primero"

En cambio no hablamos del tiempo. De este tiempo que estamos sufriendo, aunque creemos disfrutarlo, de temperaturas escandalosamente suaves ya casi en diciembre. Ni hablamos ni nos preguntamos qué consecuencias puede tener... Tal vez porque, en principio, y unido a la pandemia, este clima está resultando excelente: se puede seguir haciendo cola en la misma calle, sin frío ni lluvia, las terrazas pueden seguir siendo el aliviadero a tantísimas restricciones. Pero ni hablamos ni nos preguntamos por la situación de sequía, las escasísimas lluvias, los pantanos en niveles bajos -si es que algún telediario se digna nombrarlos- Lo obviamos, porque ni un sólo día -salvo algún problema de obras- deja de salir agua del grifo, de la ducha...

Es lo normal disponer siempre de agua -en algún sitio la fabrican, suponemos, alguien se ocupará siempre de que nunca nos falte-, era lo normal ir a un bar cuando quisiéramos, ver la cara de la gente por la calle, juntarse con quien se quisiera cuando se quisiera...

Hidrógeno verde, una revolución que cambia poco

La primera vez que escribí en Raíz y Rama fue en 2020 y lo hice sobre el coche eléctrico, entonces y ahora uno de los baluartes de la tra...